Dice Philip Roth que leemos para ser hechizados, para vivir las vidas que no hemos podido vivir, para escapar de la perspectiva sofocante y estrecha que es nuestra vida única. Es cierto, al menos para mí, esa es una de las razones que me conducen a leer. Cuando te encuentras con una de esas novelas que de verdad te hacen vivir otra vida, cuando estás unas horas o unos días completamente subyugado por la trama, cuando llegas a la última página y lees la última línea y cierras el libro y de repente te das cuenta, casi con pavor, de que estás en el salón de tu casa… entonces agarras el libro con las dos manos, intentando poseer esa historia para que no se desvanezca igual que cuando te despiertas en mitad de un sueño agradable intentas dormirte rápidamente a ver si lo recuperas… No es nuevo esto que digo, claro que no, nada es nuevo, todo está escrito, hace muchos años le leí algo parecido a Terenci Moix en un artículo en el que hablaba de su pasión por el cine, cuando terminaba la película y salía de la sala y se tropezaba de lleno con ese mundo unidimensional que era su vida, y caminaba con pasos torpes, vagando sin rumbo por unas calles que apenas miraba para no volver a encontrarse de bruces con la limitadísima y asfixiante realidad de la vida única… No nos basta con nuestra vida, no nos es suficiente, por eso leemos.
Pues eso me ha vuelto a pasar (por segunda vez ya que se trata de una relectura) con esta obra maestra que es «Desgracia» del surafricano JM Coetzee. Y no porque la historia sea una historia agradable, es más bien todo lo contrario, como su nombre índica, «Desgracia», aunque yo creo que quizás más apropiado hubiese sido titularla «Desesperanza». David Lurie, su protagonista cincuentón, puede que sea un tipejo deleznable, pero al menos es consecuente con lo que piensa y con las consecuencias de sus actos; profesor en la universidad de Ciudad del Cabo, seduce a una alumna suya y se mete en un buen lío. En todo momento Lurie es consciente de lo que está haciendo: de la diferencia de edad, de la vulneración del supuesto rol del profesor respecto al alumno, pero también de la corriente del deseo, de la rabia y la impotencia que siente por no poder acostarse con una chica de esa edad ―pese a que para eso estén las putas―. Tras hacerse pública su relación y sufrir las consecuencias de sus actos, decide ir a pasar una temporada con su hija a la finca en la que ésta se ha instalado en una zona rural: una chica blanca en un entorno de poblaciones negras en la Sudáfrica post apartheid.
Y es aquí en donde la novela se hace terrible, con una prosa sencilla, escueta, casi parca pero del todo subyugante, Coetzee nos muestra cómo los códigos han cambiado en ese país en los últimos diez años, cómo serán necesarias generaciones para que los blancos y los negros puedan vivir en armonía (si eso llega a pasar algún día en Suráfrica), una sociedad en la que la piedad y el terror son de todo punto irrelevantes, el altísimo precio de la historia que tiene que pagar la conciencia de una mujer blanca si pretende alcanzar la supervivencia en un entorno que ya no es el suyo.
Desde luego no es esta novela la vida que quiero vivir, no es el sueño al que quiero regresar, no es pavor sino alivio lo que siento cuando la termino y me doy cuenta de que estoy en el salón de mi casa… pero después de todo no se trata ni de pavor ni de alivio, porque esta historia de Coetzee es una manera de situarte en el mundo, un mundo que, afortunadamente, nos guste o no nos guste, no acaba en el estrecho margen que una persona, físicamente, pueda abarcar. Pertenezco al mundo, por eso leo, ¿quién dijo que fuera divertido o fácil?