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¿Qué puede haber ocurrido en las elecciones de Zimbabwe? |
Cada vez que los medios de comunicación nos ofrecen noticias sobre elecciones conflictivas en África, como las últimas de Kenya o Zimbabwe, los europeos solemos concluir lo mismo: ya están otra vez los africanos, los mismos corruptos de siempre incapaces de gobernarse a sí mismos. Estas habituales noticias son tremendamente injustas con África, en la medida en que asociamos a todo un continente lo que ocurre en determinados países. Lo cierto es que la democracia no funciona en África de la manera a la que los occidentales estamos acostumbrados, para poder entender porqué sucede esto quizás haya que acudir a la base social y a la historia. La unidad social es una de las principales diferencias entre Occidente y África, el individuo es la unidad social en Occidente, en África, la colectividad. Esto quiere decir, en el caso de África, que el individuo no significa nada fuera del grupo al que pertenece (su familia, su etnia, su clan…), las personas pertenecientes a un grupo tienen la obligación de compartir con todos sus allegados; los miembros del grupo más pudientes tienen la obligación de mantener a los más desfavorecidos. Esta unidad social la podemos observar en pequeños detalles del día a día, un salario (una remesa) de un africano puede mantener a veinte o treinta miembros de su grupo, cuando un amigo africano viene a Canarias nos sorprendemos de la cantidad innumerable de regalos que se lleva de regreso: tiene que cumplir con todos. La colectividad es la base de la sociedad africana, y por tanto todo se interpreta y se entiende desde esa colectividad (pese a que la influencia del individualismo occidental es cada vez mayor en las capitales africanas). Un buen ejemplo nos lo muestra Serge Latouche en su ensayo «La otra África», en donde analiza el funcionamiento de la economía informal de Dakar, resumiendo: en el barrio del Grand-Yoff de Dakar cada comerciante tiene a su grupo de asociados: hijos, familiares, vecinos, personas a las que se le hace un favor, y son ellos su clientela, sus clientes le compran por pertenecer a su grupo, y no atendiendo a las leyes de la oferta y la demanda. Sin duda es esta una adaptación de la colectividad a la economía, lo que Latouche denomina: la economía del afecto. Una vez llegado el periodo de las independencias, Occidente colocó al mando de los nuevos países artificialmente dibujados en el mapa a africanos europeizados (Senghor, Houphoüet Boigny, Nkrumah, Keita, etc.) que asumieron el reto de crear los nuevos estados a semejanza de sus antiguas metrópolis, tarea ingente para unas «sumas de etnias convertidas en países» que nunca se habían organizado ni por asomo en base a criterios occidentales. Por tanto África asume el encargo de crear estados modernos (lo que les garantizaría la ayuda de la ex-metropoli), y como no podía ser de otra forma, lo hacen a su manera, produciéndose lo que se ha llamado la africanización de la política (Chabal y Daloz en África Camina: el desorden como instrumento político), es decir, el ajuste de los modelos políticos importados a las realidades históricas, sociológicas y culturales de África, entre ellas: la colectividad. Y esa africanización (según Chabal y Daloz) consiste en que no se produce una separación entre la esfera política por un lado y las áreas más económicas, sociales, religiosas y culturales (como sucede en Occidente), porque la identidad africana incorpora la noción comunitaria de la identidad. La visión política africana es más amplia y más inclusiva que en Occidente en la medida en que contiene los múltiples aspectos de la relación de las personas dentro de la comunidad: los límites de la política son indefinidos, la política influye en todo y todo influye en ella, no se ve con malos ojos que la política influya en el enriquecimiento personal y que la riqueza influya en los asuntos políticos, los hombres ricos son poderosos y los poderosos ricos, riqueza y poder están indisolublemente unidos. ¿Qué es lo que ocurre? las personas tienen que defender los intereses de sus grupos (familia, etnia, clan, etc.), grupos o facciones que se organizan en torno a líneas verticales (históricamente los grupos han tenido que enfrentarse entre ellos debido a la competencia por la falta de recursos). Se espera que los electos de un grupo actúen como defensores de los intereses comunitarios antes que afrontar la consecución del bienestar nacional. Los miembros de sus grupos los apoyan y esperan una retribución a cambio, no importa que el electo se enriquezca porque su enriquecimiento favorece a todos, el voto no es ante todo el símbolo de una elección personal en base a una ideología, sino parte de un cálculo de reciprocidad, el estado se convierte en patrimonial, no distingue entre la esfera cívica y la personal y el gobernante distribuye cargos públicos entre sus allegados en lugar de guiarse por criterios profesionales. Por tanto, y quizás aquí se encuentre la respuesta a la pregunta que titula este artículo, no existe valor para una oposición que no alcanza el poder y no tiene manera de redistribuir beneficios entre sus allegados, el sistema democrático donde el ganador se lo lleva todo no es lo más adecuado para los perdedores de las elecciones, es inútil ser un político en la oposición, los perdedores de las elecciones, como Mugabe, lucharán por todos los medios para que eso no ocurra. Lógicamente todo lo anterior ha sufrido muchas variaciones a raíz del intercambio con Occidente, y en los últimos diez años los procesos democráticos han mejorado ostensiblemente en África, produciéndose transiciones democráticas en muchos países que han sido alabadas por la comunidad internacional, la africanización por supuesto persiste, pero en base a unas formas más o menos aceptadas de democracia. Pero este proceso no es uniforme en todo el continente, y esa interpretación de la democracia ha favorecido el surgimiento de déspotas como Mugabe (persona mayor y a las personas mayores se les tiene un alto respeto en África) que lo único que pretenden es perpetuarse en el poder y enriquecerse sin importarle los medios a utilizar para conseguir sus objetivos e ignorando el coste que ello pudiera acarrear en el conjunto del país (un detallado análisis del monopolio de poder ejercido por Mugabe puede leerse en un documento de Carlos García Rivero publicado en la página web del Real Instituto Elcano). Lo cierto es que la realidad de África es mucho más compleja de lo que la mayoría de los Occidentales podemos llegar a imaginar, y también es cierto que el mundo parece que camina hacía la democracia, muchos países africanos han realizado importantes avances en este sentido y otros están en el furgón de cola. Supongo que conocer el origen de por qué están en ese furgón de cola es fundamental para poder encontrar, conjuntamente, soluciones a problemas globalizados que nos afectan a todos. |
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Un delicioso relato de recuerdos |
Mariposas de papel, de Amparo Walls Hernández
Uno de los principios más valorados en las sociedades africanas es el respeto a las personas mayores, algo que también ocurría no hace mucho en nuestra sociedad, Amparo Walls Hernández aparece en la portada de su delicioso relato de recuerdos, “Mariposas de papel” (Ediciones Idea) vestida con un sombrero que ella misma se fabricó, un traje también de auto-confección con unas telas recuperadas de cualquier parte, y una piel de zorro colgada al hombro que por entonces, en aquel 1931, era signo de distinción; hoy en día, al ver la foto su nieta, le comenta a la abuela que vestida así parece mucho mayor de los diecisiete años que tenía en la foto, y es que los jóvenes de aquella época, comenta la abuela, cuando se vestían querían imitar en todo a las personas mayores. Mucho ha cambiado el mundo desde entonces, y en esta vorágine de culto a la juventud, al dinamismo, al consumismo, a los logros individuales, bien vale la pena detenerse y pasarse una mañana de domingo leyendo el relato de una señora de noventa y cuatro años, transportarnos al mundo de nuestras abuelas, y descubrir cómo era la vida de entonces, sencilla, también difícil, tierna, familiar y por encima de todo, feliz. Amparo Walls Hernández no tiene ninguna pretensión literaria al escribir este libro de recuerdos, ¿para qué escribirlo? -le preguntó a sus hijos cuando la animaron-, pues para experimentar muchas sensaciones dormidas, darle movimiento al cerebro y voluntad al vivir -le respondieron-. Y haciéndole caso a sus hijos, dándole movimiento al cerebro, le ha salido un libro escrito con mucha corrección (sorprendente para una persona que no ha escrito nunca), cargado de anécdotas emotivas, combinando la ternura con el humor, y que se lee con una sonrisa en los labios y una lágrima aflorando en la comisura de los ojos (y no solo aflora, a veces también resbala y cae). Los que hemos nacido mucho más tarde lógicamente no queremos volver atrás, pero sí podemos echar de menos algunos de los valores de entonces y que aparecen tan nítidos en "Mariposas de papel": el respeto a tus semejantes por encima de todo, el valor indisoluble de la familia (de la familia extensa más allá de los padres y hermanos), la convivencia con los vecinos, los juegos y la manera sencilla y humana de divertirse… Amparo Walls Hernández narra desde la felicidad, a pesar de que también convivió con experiencias horribles en aquellos años, pero ese tono de felicidad coincide mucho con el tono con el que narraba mi abuela María (ella no escribió un libro pero antes de morir dejó grabadas cuatro cintas de 60 con sus memorias), y este ejercicio de haber escrito o grabado sus recuerdos es un regalo único e inmejorable, una manera de mostrarnos que si estamos aquí es por algo, que nosotros empezamos mucho antes de nosotros mismos, y que si somos lo que somos es porque hay otras personas que son lo que son, o que fueron lo que fueron, y es esa herencia la que nos da sentido, y la que nos enseña a valorar su incuantificable legado. Amparo Walls Hernández, desde aquí, un beso enorme. foto inferior: Amparo Walls Hernández |
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El tercer sentimiento |
Juan Gabriel Vásquez, Los amantes de Todos los Santos
Acabo de terminar de leer «Los amantes de Todos los Santos», de Juan Gabriel Vásquez, he cerrado el libro y he sentido dos cosas: primero, algo parecido a la envidia, bueno, probablemente no haya sido envidia en el estricto sentido de la palabra, sino más bien un cosquilleo en las mejillas, una fila de hormigas recorriendo un arduo camino hacía alguna parte: joder, yo quiero escribir así. Lo segundo que he sentido ha sido satisfacción, como cuando terminas una conversación íntima e imprescindible con un buen amigo, como despertar de una reparadora siesta tras un sano almuerzo, un sentimiento de plenitud, de placer, por este tipo de cosas vale la pena vivir. El colombiano Juan Gabriel Vásquez vivió una etapa de su vida entre Francia y Bélgica, y no sé si sobre sus experiencias o sus conocidos, pero ambientados en esos dos países (y en vecinos de una misma comunidad, al menos en el caso de Bélgica) se suceden los siete relatos que componen este libro imprescindible. No son relatos alegres (dice Vargas Llosa que el escritor escribe sobre sus propios fantasmas), más bien hablan del dolor, del pasado que no pasa y nos acompaña siempre; del error, la culpa y el remordimiento; de la soledad, una soledad en algunos casos asumida y buscada, pero no por ello indolora: la certeza de saberse incapaz para mantener un compromiso: «Vivianne me reprochó el silencio de tanto tiempo. Se quejó de mis silencios, de los muchos que parecía construir a mi alrededor. Se quejó de no sentirse necesitada…siempre le turbó la facilidad con la que yo excluía a los demás o les permitía excluirse».
Hay varios relatos en este libro que son sencillamente magistrales, el que da el título a la obra, «Los Amantes de todos los Santos» —me encanta la sucesión de espacios—, pero también «La soledad del mago» (quizás mi favorito, inmejorable la descripción del último truco del mago, ¡pura vida! —dicen en Costa Rica—, ¡pura literatura! —me apetece decir a mi—). El sentido del abrazo que Claire da a la hermana de Philippe en «Un lugar para esconderse» es tan real, como demoledor. Los diálogos están milimétricamente medidos, no sobra ninguna palabra, ni el tiempo en que se dicen, ni cabe otra pregunta, comentario o explicación que no sea la que aparece en cada momento preciso. Me encanta cómo utiliza el recurso (en dos relatos distintos) en el que un personaje pregunta y el otro continúa hablando de otra cosa, no porque no lo escuche, sino porque no quiere escuchar lo que le dicen en ese momento (qué feo eso de que a uno le digan la verdad —piensa el personaje de Benedetti en La Tregua—). Y después están las imágenes, en una ventosa boda al aire libre, el padre Malaurie, vecino de Xhoris, utilizó un imperdible para dominar su sotana, y le dio la bendición a la pareja sin evitar que las páginas de papel arroz de su Biblia aletearan como un pájaro enjaulado... los relatos están plagados de imágenes como esa, qué difícil es a veces encontrar una y en cambio aquí hay decenas… Los motivos literarios, como la trucha que boquea al dejarla sobre el césped tras pescarla en el lago, son utilizados con la precisión y la destreza necesaria para evocar toda la fuerza de un significado. Juan Gabriel Vásquez es un virtuoso de la literatura, cuando terminé «Los amantes de Todos los Santos» y cerré el libro, sentí un tercer sentimiento: la necesidad de volver a empezarlo de nuevo, y así lo hice, una segunda lectura todavía impresiona más. No será la última.
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Los idiotas |
Mil cretinos de Monzó
El padre de mi amiga Katy siempre decía que él solo le tenía miedo a una cosa, ¿a qué cosa? —le preguntaba todavía la niña Katy—, a los idiotas, porque sales a la calle y está lleno, siempre me ha hecho gracias esa anécdota y recurro a ella de vez en cuando (la realidad a veces te lo pone en bandeja). Bueno, pues probablemente sobre parte de esos idiotas que pululan habitualmente por la calle, sobre esos mil cretinos y sus miserias, es de lo que habla el nuevo libro de relatos de Quim Monzó, el autor del que Vila-Matas dice que, si fuera norteamericano, estaría considerado el mejor escritor de cuentos del mundo… qué pena eso de que haya que ser norteamericano para ser algo más… Anoche salí de trabajar a eso de las nueve y me fui a casa, bastante cansado, a esas horas es fácil desparramarse sobre el sillón y encender la tele, pero decidí no hacerlo, opté, en cambio, por coger el libro de cuentos completos de Onetti, uff, Onetti me cuesta, y ello me ocasiona cierto remordimiento porque uno de mis escritores de cabecera, Muñoz Molina, lo recomienda siempre vivamente… El caso es que tengo que estar muy despierto para poder seguir a Onetti con atención y anoche, tras el cansancio del día, pasadas un par de páginas, se me cerraban los ojos. Pero ayer tenía que leer, me había pegado las dos noches anteriores navegando por la inmediatez de Internet y necesitaba echarme al cuerpo algo más sólido, algo más constante, algo más que muchas breves novedades desordenadas sobre la pantalla, tanto link con su efecto adictivo. Cada vez somos más de titulares, y los titulares no dicen mucho, y muchas veces mienten (como mienten todos los boleros —no viene a cuento pero me encanta esa frase de una canción de Sabina; cada vez que escucho un bolero, y escucho muchos, estoy pendiente de si mienten o no (algo que suele depender de mi estado de ánimo). Todos los titulares también mienten, al menos eso dijo el otro día Julio Pérez, el Secretario de Estado de Justicia, en una charla en la que coincidimos por mi trabajo). Internet es buena sí, pero también un peligro… El caso (y para no enrollarme porque yo empecé a escribir este texto para hablar de Monzó), es que a pesar de que se me cerraran los ojos necesitaba seguir leyendo, como si esa noche leer fuese una cura de algo (y realmente lo era). Entonces decidí cambiar de tercio, cogí los mil cretinos de Monzó, que lo llevaba por la mitad, y me lo acabé de un tirón. Y no todos los cuentos me gustaron, algunos de ellos pienso que se extienden demasiado en la misma idea, muchas veces no acabo de entender el surrealismo (y Monzó es evidentemente surrealista), muchas veces, a primera vista, el surrealismo me cuesta: no acabo de ver una lógica que igual no existe. Otros cuentos en cambio (más o menos la mitad de ellos), me parecieron brillantes. Terminé el libro con la satisfacción con la que uno termina los libros, o por lo menos con la satisfacción con los que los suelo terminar yo, que es mucha, me sentí curado con respecto a las dos efímeras noches anteriores, cené algo y, con una especie de sentimiento de deber cumplido, me fui a dormir. Pero debe ser que al final es real el surrealismo, es real que pertenece a lo onírico, porque serían las cuatro de la mañana cuando todas aquellas imágenes de Monzó me sumieron en un estado de duermevela: la mujer que quiere desquitarse de todo lo que compartió con el marido (cretino) y acaba desquitándose a sí misma, el hijo egoísta (cretino) del señor Beneset, la familia (bueno, estos no serían cretinos) que no tiene nada que decirse pero que se reúnen porque son familia, los muchachos (cretinos) que piensan que por ser más les pertenece el poder, y tantas otras miserias cotidianas que Monzó describe con su lenguaje sencillo, con su tono aparentemente distante, casi alegre, y sin embargo, tan terriblemente cruel… quizás no sea crueldad la palabra que lo define, quizás desesperanza, quizás desdicha, tal vez, simplemente, realidad…, cuando giré la cabeza, el despertador marcaba las seis de la madrugada: desde luego tiene algo el surrealismo de Monzó. El padre de mi amiga Katy decía que solo le tenía miedo a los idiotas, y no le faltaba razón.
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Una historia sobre África |
Kuma, de Ferrán Iniesta
Que los años de la esclavitud son los años más deplorables de la historia de África ya lo sabemos, o al menos lo suponemos, porque probablemente la esclavitud nos suene a una de esas palabras que de tanto repetirlas dejan de tener sentido. Sí, la esclavitud fue una desgracia, pero no somos capaces de precisar con exactitud el verdadero alcance de esa desgracia. En cualquier caso nuestra ignorancia es normal, nunca hemos estudiado historia africana así que no tenemos porqué saberlo. A aquellos que les interese un poco más todo lo que sucede en ese vastísimo continente, pueden empezar por la historia, es la historia la que nos aclara lo que sucede en nuestros días, entre los pocos libros que tenemos en español sobre temas africanos, Kuma, Historia del África Negra, de Ferrán Iniesta, que acabo de terminar de leer. Y precisamente ha sido la esclavitud lo que más me ha sorprendido de este interesantísimo Kuma. A principios de 1400 los portugueses inician sus expediciones a África y comienza el drama de la esclavitud. Previamente a la llegada de los europeos, las poblaciones negras de África Occidental mantenían un asiduo comercio con las caravanas árabes que atravesaban el desierto del Sahara, los negros vendían a los árabes oro, hierro y marfil, y como complemento también algunos esclavos. Cuando los europeos llegaron a las costas africanas empezaron a demandar esclavos, y éstos pasaron a ser el principal producto comercial de la época (algo así como el petróleo en nuestros días). El procedimiento era el siguiente: los europeos apenas se adentraban en territorio africano, se quedaban en los puertos desde donde ejercían una fuerte demanda del producto «esclavos». Los oferentes, las tribus africanas, salían a la caza de esclavos entre las tribus vecinas, y con esas capturas atendían la demanda cada vez mayor de los europeos. Se me hace difícil imaginar las consecuencias de esa fuerte demanda, todas las tribus africanas enfrentadas entre ellas para conseguir el producto en boga de la época, qué mejor manera de sembrar discordia, desconfianza, enemistades y guerras entre las poblaciones de un mismo territorio. El comercio de esclavos duró cuatrocientos años, ¿es posible vivir en ese estado de enfrentamiento durante cuatrocientos años? ¿qué terribles consecuencias causa sobre las mentalidades de las poblaciones? En 1807 el Parlamento Británico es el primero en abolir la trata negrera. Los europeos se encuentran con que su chollo se ha acabado, que ya no pueden hacer dinero en África, y como el «cuánto más mejor» es uno de los principios por los que se rigen los seres humanos, los europeos deciden buscar otras riquezas africanas que encuentran en las materias primas, su afán no es otro que sacar el máximo rendimiento con el mínimo coste posible. Nombra Ferrán Iniesta la forma vertical de los países de la costa occidental africana, en la que los europeos sólo se preocuparon de abrir un puerto y construir una carretera vertical hacía el interior, donde estaban las materias primas, y no había más inversión que esa (independientemente de que la colonización inglesa o francesa tuviese distintas peculiaridades). En esa tarea de extraer sin dejar nada a cambio, como había mucho jaleo de puertos abiertos por europeos de distintas nacionalidades en áreas geográficas no delimitadas, se decide hacer una conferencia en Berlín en la cual los países europeos con presencia en África se reparten los distintos territorios africanos como si se tratara de un juego: una línea recta aquí, para ti esta parte para mi la otra, me da igual cuáles son los intereses de los locales porque lo que importa son los intereses nuestros... Probablemente, la conferencia de Berlín de 1885, haya sido el mayor desastre jamás generado por una decisión consensuada entre los humanos. Pues una vez que cada paisito europeo ya poseía su territorio africano, deciden proseguir con su explotación en forma de colonización cien años más (en total quinientos años de explotación y saqueo) hasta que surge la época de las independencias en las que los colonizadores se retiran, dejando los nuevos países africanos patas arriba, pero colocando en el poder a africanos europeizados, a los que les sugieren que, para acceder al apoyo financiero y técnico de las metrópolis, tienen que hacer lo que ellos le dicten. Y así llevamos casi cincuenta años, en los que los africanos (con todos sus defectos e imperfecciones) por un lado, se encuentran con unos países por los que parece que han pasado quinientos años de terremotos y no saben cómo ni por donde empezar la dificilísima reconstrucción, y por otro, sufren el talante inquisidor de Occidente para que se adapten en todo lo posible a unas condiciones, impuestas y culturalmente ajenas, que deben conducirles a devolver la deuda generada por los préstamos que los occidentales les van realizando. Hoy en día Ghana es uno de los países más prósperos de África, curiosamente los Ashanti, (las tribus pobladoras de lo que era Ghana durante el periodo de la esclavitud), realizaron un pacto de no agresión esclavista por el que mantuvieron la integridad de su territorio durante aquellos cuatrocientos años. Qué importante es la historia, qué importante es conocer la realidad de África para poder comprenderla. Y para acabar una estrofa de una canción de Pedro Guerra que dice: El hombre blanco solo vio lo blanco, se empeñó en lo blanco, sólo piensa en blanco… |
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