‘La felicidad amarga’ arranca como un libro de relatos en apariencia independientes que atrapan el lector por sus personajes y su atractivo universo. Pero el libro lleva más lejos: al territorio de lo que en realidad es, una sugestiva novela de formación, de descubrimiento, de viajes al interior de uno mismo. Su autor, Pablo Martín Carbajal, ha conseguido además, gracias a la sagaz alternancia narrativa de la primera, la segunda y la tercera persona, contar una peripecia vital y hacer visible el trasfondo de la conciencia. Vicente Molina Foix
“La felicidad amarga es un viaje que le dejará lleno de cicatrices, pero que también le mostrará la poesía de la vida, que es dura y la vez intensa, y nos cuenta que de algún modo todos hemos estado perdidos, no solo en el mundo, sino también dentro de nosotros mismos, aunque al final siempre encontramos algo hermoso, que nos reconcilia, nos reconforta”. Ignacio del Valle
Sinopsis
Un viaje a Katmandú, unas muñecas rusas, un espejo roto… Rafa vuelve a su ciudad natal tras haber pasado unos años fuera, compra un pequeño apartamento en donde se instala solo. Entre cuatro paredes desnudas Rafa afronta su retorno: los amigos de siempre, quizás. La sonrisa distinta de su hermano, la llave que cierra el cajón de la abuela, lo que oculta un antiguo compañero de colegio… Matices, recuerdos, cerrojos, descubrimientos, decisiones y preguntas con los que Rafa va entrelazando un relato intimista que conforma el mapa de una supuesta felicidad.
Link a la novela desde la editorial aquí
Santa Cruz ciudad leída selecciona “La ciudad de las miradas” junto a “Los puercos de circe” de Luis Alemany para su primer recorrido callejero
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Las ciudades se viven, pero también se van refundando en el imaginario de cada uno de sus habitantes. No hay una sola ciudad, son ciudad sobre ciudad, hasta configurar el espacio en el que cada cual se sienta mejor.
María Zambrano nos cuenta que “Una ciudad sin escritor es un templo vacío, una plaza sin centro, o quizá con el centro desplazado y puesto al margen, esquinado, para dejar su lugar, todo el lugar, a algo cuyo nombre no está siquiera bien catalogado, algo para lo que, en realidad, no hay palabra”.
En toda ciudad hay “una ciudad exterior y una ciudad interior, una ciudad visible y una ciudad invisible, una ciudad histórica y una ciudad mítica, una ciudad real y burguesa y una ciudad imaginaria y utópica, una ciudad empírica y una ciudad virtual, una ciudad de piedra, hierro, cristal y hormigón y una ciudad de tinta”.
La ciudad leída abre las páginas de Santa Cruz a los paseantes. Los protagonistas de las historias caminan por las calles y se apoyan en las farolas, perplejos ante tramas novelescas. A la sombra del macizo de Anaga se desarrollan intrigas, amores y desamores, crímenes, deslealtades y despedidas… Santa Cruz de Tenerife es el escenario. Quienes mejor conocen cada ciudad que hay en Santa Cruz, los autores que la viven y la evocan, nos invitan a dar el paso de una ciudad real a la “ciudad de tinta”
(texto de presentación utilizado por “Santa Cruz ciudad leída”)
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Santa Cruz ciudad leída: textos de “La ciudad de las miradas” de Pablo Martín Carbajal y “Los puercos de circe” de Luis Alemany. Enlace a Santa Cruz ciudad leída
Foto superior: Rueda de prensa de presentación con el Alcalde y la concejala de cultura.
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Copio la entrevista que me realizó Eduardo García Rojas en el suplemento cultural EL PERSEGUIDOR de Diario de Avisos.
¿Cuándo siente la necesidad de escribir, de contar cosas a través de la literatura?
Desde la adolescencia aunque la idea comienza consolidarse durante los primeros años de la Universidad como una manera de expresar sentimientos propios de esa edad. A los 21 años me apunté en uno de los talleres de Escritura de Fuentetaja, y si bien no lo acabé, digamos que cuando realmente la escritura se convierte en algo serio fue en otro taller, dirigido por el escritor Jorge Eduardo Benavides, a los treinta años. Más tarde, obtuve el premio de CajaCanarias de relato y en 2006 publiqué mi primera novela Tú eres azul cobalto, que ya había comenzado en el taller con Benavides, aunque la novela tardó tiempo en publicarse.
Los títulos de sus dos novelas publicadas hasta la fecha me parecen muy poéticos. Casi como si hubiera una preocupación en hacerlo así. ¿De dónde saca estos títulos?
Tú eres azul cobalto nace cuando los primeros lectores del manuscrito me indican que el inicial, La paloma, carecía de guerra. Un día, releyendo las páginas, reparé en una de las frases que dice la protagonista de la novela y me encantó, y a partir de ese momento se quedó en Tú eres azul cobalto. El caso de La ciudad de las miradas fue distinto ya que barajaba varios títulos, así que organicé una encuesta on line entre unas treinta personas muy cercanas y 27 apostaron por La ciudad de las miradas. Ahora tengo terminada una nueva historia que se llama La felicidad amarga.
¿Tuvo dificultades para encontrarle título a esta tercera novela?
No, me vino relativamente fácil. Será mi próxima novela, ya está terminada, es la primera vez que anuncio su título. A mi me parece que tiene garra, fuerza.
¿Podría adelantarnos algo de La felicidad amarga?
Pues que se trata de una novela corta sobre un hombre que recién cumplido los treinta años regresa a su ciudad de origen, Santa Cruz de Tenerife, y en los primeros meses tras el regreso realiza una reflexión sobre todo aquello que a lo largo de su vida le produce la felicidad. Es decir, sus amigos del colegio, del instituto y de la universidad. Sus padres, la familia, el trabajo que tiene, y el amor. Mi personaje concluye que todas estas piezas conforman el rompecabezas de su felicidad aunque sabe que no es completa porque en cada una de esas relaciones también existe un resquicio de amargura.
Aprecio algunas semejanzas con La ciudad de las miradas.
Es verdad que algunos de los protagonistas de esta novela aparecen en La felicidad amarga pero es de manera indirecta. La ciudad sí que es la misma, Santa Cruz de Tenerife. Una ciudad pequeña en la que todo el mundo se conoce, aunque los temas y las preocupaciones de una y otra son distintos.
La ciudad de las miradas se desarrolla en Madrid, París pero sobre todo en Santa Cruz de Tenerife. Una de las cosas que más me interesó de su segunda novela es el retrato que hace como territorio literario de la capital tinerfeña.
En La ciudad de las miradas Santa Cruz de Tenerife es un personaje más de la novela. Personalmente, mantengo con esta ciudad una relación de amor y odio. No es una idea nueva porque me consta que muchos sentimos lo mismo por nuestro lugar de origen.
Pero ha dicho que esa relación es de amor y odio.
De amor porque en Santa Cruz de Tenerife está mi entorno, mi familia, mi gente, y todos ellos me reportan bienestar. De odio porque vivimos en un espacio demasiado limitado y dirigido con pocas posibilidades de expansión personal, hay que estar muy atento para no amodorrarte. Esa es la idea que está detrás de La ciudad de las miradas. En La felicidad amarga, la ciudad no tiene una presencia tan real. La nombro, cito lugares pero no propone ninguna reflexión sobre ella.
Me gustaría que hablara de sus dos novelas publicadas: Tú eres azul cobalto y La ciudad de las miradas.
Tú eres azul cobalto fue mi primera novela. Es un texto corto donde uso un lenguaje muy sencillo auque escribirla fue una tarea personalmente muy intensa. Me gusta mucho por las experiencias que vive la protagonista y porque me he dado cuenta de que me gusta desarrollar personajes femeninos. Las mujeres se sienten más identificadas con el personaje principal, al que le pasan cosas inesperadas que tiene que soportar con mucho dolor y conflicto. Varias mujeres me comentaron que habían vivido situaciones parecidas a las que describo. La protagonista de Tú eres azul cobalto se ve obligada a cambiar radicalmente de vida por esas experiencias dolorosas que ha acumulado y este viaje interior es lo que hace que me guste tanto la novela. Por el contrario, La ciudad de las miradas es una obra más novelada. Un libro que emplea un lenguaje y una estructura más elaborada. Creo que es un título que sabe sacar la fuerza de los sentimientos de sus protagonistas, reflexiona sobre los roles de hombre y de mujer, creo que los personajes están muy cincelados y representan un buen ejemplo de la generación a la que pertenezco.
Escribe sobre hombres y mujeres…
Algunos me han dicho que soy más interesante mostrando los sentimientos femeninos. El personaje de Tú eres azul cobalto es una mujer de hecho, y eso hizo que la planteara como un reto porque cuando comencé a escribir yo pensaba que solo se podía escribir sobre sí mismo. Jorge Eduardo Benavides me enseñó que eso era un error, también cómo luchar contra esa tendencia. Así que aposté por escribir y describir a una mujer, convertirla en protagonista de la historia y hacerlo desde la primera persona femenina y así salió Tú eres azul cobalto. Una novela que cuando se las di a leer a algunas amigas pidiéndole que me dijeran si la encontraban creíble respondieron que la voz narrativa era la de una mujer. En la ciudad de las miradas por el contrario los personajes son masculinos, como digo un retrato de hombres de mi generación, aunque uno de los personajes por los que siento más debilidad es por una mujer, María.
¿Cómo se mete el escritor en la piel de una mujer?
En mi caso lo hice manteniendo largas conversaciones con amigas y leyendo mucha literatura escrita por mujeres, e intentando ponerte en su lugar.
¿Y qué descubrió?
Pues que las mujeres parten de situación de desventaja. Que tienen que luchar más que un hombre para que se le reconozcan los mismos derechos y logros. Y a mí eso me parece clave y muy interesante: la lucha personal como modo de fraguar la personalidad de cada uno. En mis dos novelas publicadas hay dolor porque someto a sus personajes a transitar por ciertos sufrimientos que son la vida misma y esa superación los hace más dignos al ser conscientes de los logro que quieren alcanzar. En este aspecto, los hombres lo tenemos más fácil porque la mujer tiene que luchar más, y ese proceso creo las hace más integras y contribuye también a forjar más y mejor su personalidad.
En contra de otros autores, con su segunda novela, La ciudad de las miradas cambia radicalmente de registro.
Es que son dos novelas completamente distintas. La felicidad amarga también lo es en cuanto a estructura y voz narrativa. Y si bien los temas son parecidos porque como dijo Philip Roth, cada escritor tiene cuatro o cinco temas sobre los que siempre escribe, aunque procuro que la voz narrativa de cada novela sea diferente.
¿Cuándo podremos leer La felicidad amarga?
Espero que a finales de año esté publicada.
¿Y trabaja en otra novela o está completamente absorbido por La felicidad amarga?
Estoy trabajando en una cuarta novela cuya temática es radicalmente diferente a las anteriores.
A mi juicio, usted es un autor que se preocupa más por los personajes que por las situaciones…
En esta cuarta novela estoy, sin embargo, tratando de combinar algo al respecto. Trata de un hombre que viaja a África, donde le suceden algunas cosas que requiere cierta acción aunque todavía es pronto para anunciar nada.
Creo que sabe manejarse muy bien con los personajes. Parece, de hecho, que inspira en las personas que se mueven a sus alrededor.
Yo no diría que mis personajes estén inspirados en conocidos aunque sí que algunos de mis conocidos pueden sentirse identificados con ellos porque reflejan sentimientos, actos de las gentes con las que me muevo habitualmente. Es decir, que me nutro de las experiencias de mi entorno y las que me llaman la atención y que me cuestiono, muchas contradicciones, el escritor no es otra cosa que sus propios fantasmas.
¿Y cuáles son sus fantasmas?
La ciudad limitada, también la individualidad, cada vez somos más individualistas, la vida acomodada y lo fácil que lo hemos tenido hasta ahora aunque las cosas se estén complicando en estos tiempos. Con esto quiero decir que hemos tenido hasta ahora una vida demasiado encauzada y que lo que me atrae es luchar contra ese dirigismo autoimpuesto. Ese tipo de cosas son las que generan las ideas para que me ponga a escribir porque entiendo la literatura como una forma de lucha contra todo lo que no estás de acuerdo o que te genera contradicciones.
¿Es usted un escritor que necesita de brújulas o de mapas para construir sus historias?
Ahora estoy en un momento curioso ya que si bien Tú eres azul cobalto y La ciudad de las miradas parten de dos relatos que escribí en el taller de Benavides de los cuales me di cuenta que necesitaban de mayor desarrollo. Tú eres azul cobalto terminó teniendo 130 páginas y La ciudad de las miradas de 230 páginas cuando al principio se trataban de cuentos con 25 páginas cada uno. Es decir, que cuando comienzo a escribir estas dos novelas ya sabía cómo empezaban y cómo terminaban pero tuve que alimentarlas para darle consistencia como novela. Algo parecido me ha pasado con La felicidad amarga porque ya tenía la idea de un protagonista que reflexiona sobre sus amigos, su familia, el trabajo y el amor… De alguna manera estaba encaminada aunque en la cuarta historia que estoy trabajando ahora y que se desarrolla en África la verdad es que no tengo ni idea de cómo va a evolucionar. Cuento sólo con una trama muy tenue y me doy cuenta que eso me genera incertidumbre aunque a medida que voy investigando noto que se va creando la historia en sí misma, me encuentro ante el reto de escribir mi primera novela sin saber exactamente cómo se desarrolla y cómo acaba.
Y eso le genera incertidumbre.
Mucha incertidumbre de saber si voy a ser capaz de escribir una buena novela. Los capítulos que ya tengo escritos me encantan. El reto ahora es el hilo argumental que la haga compacta y redonda. Al principio, empecé a escribirla con mucho más miedo pero como estoy observando que los capítulos van teniendo consistencia, estoy un poco más tranquilo aunque soy consciente que voy a tardar unos años en terminarla.
Usted contribuyó con uno de sus relatos en la antología G21: Nuevos narradores canarios. ¿Qué valoración puede hacer de G21?
-Que se trata de una iniciativa magnífica y, quizá, de una estrategia de marketing de su editor, Ánghel Morales, que ha salido muy bien y a quienes estamos dentro nos ha venido de maravilla. Como en cualquier antología puede que no estén todos los escritores que deberían de estar, pero G21 es una apuesta literaria canaria que ha logrado también que muchos de nosotros nos conociéramos y alimentar cierto espíritu de grupo. G21 es una oferta y una apuesta por la literatura canaria con escritores muy comprometidos con la literatura, con un amor pasional hacia la misma, y de ahí tiene que salir algo fuerte. Una vez dije que nos llamamos a nosotros mismos ladrones, porque no vivimos de esto, sino que robamos tiempo de nuestra vida, que es la literatura, para hacer otras cosas que nos permitan ganar dinero y poder vivir, y por tanto tenemos menos tiempo para hacer lo que mas nos gusta.
Al margen de su carrera como escritor, ¿cuáles son sus lecturas?
Ahora solo estoy escribiendo ya que mi trabajo, que me gusta y es muy interesante, me ocupa mucho tiempo y el poco que me queda lo dedico a documentarme aunque intento seguir lo que se está publicando.
¿Y que autores le han influenciado?
Sobre todo la literatura sudamericana. Conversación en la catedral y La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa; los relatos de Julio Cortázar pero sobre todo de Mario Benedetti y recientemente un escritor colombiano, Juan Gabriel Vázquez. Sigo también a escritores españoles, y estadounidense y africanos como Ahmadou Kourouma, natural de Costa de Marfil y muy crítico contra la política de partido único y el proceso de descolonización de su país, así como el mauritano Mbarek Ould Beyrouk y su novela Y el cielo ha dejado de llover que se presentó hace dos años en el Salón Internacional del Libro Africano (SILA). En cuanto a canarios, hay cosas muy interesantes en G21, o novelas como Los puercos de Circe, Las espiritistas de Telde, Guad, El año de la seca entre otras muchas.
Encuentro con el escritor Ignacio del Valle, viernes 15 de junio, a las 19.30h. en la sala MAC, Santa Cruz.
Ignacio de Valle comprendió muy pronto que para ganarse la vida con la literatura había que estar en Madrid, por eso dejó su Oviedo natal (pequeña y acomodada, encerrada por montañas, alejada del centro, cuántas similitudes con Santa Cruz) y se marchó a vivir a la capital, a la capital a la que todo el mundo va y en donde sucede todo. Nunca le he preguntado cómo se ganan más de cuarenta concursos literarios (pero se lo preguntaré este viernes), supongo que la respuesta tendrá algo que ver con la pasión por la literatura. Me lo presentó Jorge Eduardo Benavides una noche en un acto cultural en Madrid, «me ha dicho Jorge que ayer presentaste tu segunda novela, si quieres presentarla en Oviedo cuenta conmigo» —fue lo primero que me dijo—, yo respondí dubitativo y no lo volví a ver en toda la velada. Un par de meses más tarde cenábamos en un restaurante ovetense tras la presentación, y fue ahí dónde lo empecé a conocer, en una noche etílica de magnífica charla. Cuando vi la muy correcta película «Silencio en la nieve», la adaptación de su novela «El tiempo de los emperadores extraños» pensé que la principal diferencia entre película y libro era que en la peli no se apreciaba bien la principal característica del personaje, Arturo Andrade, en la película Andrade es un investigador eficaz, en el libro es, sobre todo, un tipo inteligente. Supongo que a un personaje inteligente sólo lo puede crear un escritor inteligente. Ignacio del Valle acaba de superar los cuarenta años y tiene seis novelas publicadas (Plaza y Janés, Alfaguara, Espasa o Algaida sus editoriales), una de las razones por las que yo escribo es para tener opinión de determinados temas e Ignacio la tiene de muchos, cuando hablas con él sorprende la cantidad de frases contundentes que utiliza («siempre es más fácil vivir con una mentira que enfrentarse a la verdad», leo en su última novela), son frases nunca azarosas ni retóricas, sino fruto, imagino, del oficio de escritor, y de lector, un pensamiento cincelado a base de innumerables lecturas; admira a los norteamericanos, y en sus momentos de debilidad piensa si acaso es posible escribir algo después de Roth, Updike, Shelter, McCarthy o Fitzgerald. Ignacio del Valle es un hombre feliz, eso del artista amargado, del sufrimiento como principal razón para la creatividad, le repele. Se mueve en muchos ambientes y se rodea de gente de todos sitios, no es nada sectario con la literatura y está abierto a todo y de todo absorbe. Piensa que recortar en cultura es una insensatez, «que la cultura es como las raíces de esos matorrales que evitan que se desplome toda una montaña». Cuando aparecen las primeras críticas de sus novelas en Francia publica en Facebook la conversación con su madre: «mamá, que en Francia dicen que soy un genio», «¿genio? —responde la santa madre—, si los franceses te vieran la nevera, cuando vengas ni se te ocurra olvidarte de los túper». Ignacio del Valle es un tipo que vale la pena conocer, este viernes 15, a las 19.30 en la sala MAC, tendremos la oportunidad de hacerlo.
Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo
Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño
Cambia todo cambia
Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente
Esta es la canción que me vino a la mente cuando estaba acabando de leer “Los niños de lata de Tomate” de Cecilia Domínguez Luis. Y no tanto por el cambio que pueda conocer el protagonista de la novela, que, después de todo, realiza un viaje y como todo aquel que realiza un viaje —o al menos, como todo aquel que realiza un viaje con los ojos abiertos—, sufre un cambio. Pero como digo, esta canción me vino a la mente no tanto por el cambio, sino por lo que no cambia: por lo que no cambia a pesar del viaje o quizás por lo que no cambia gracias el viaje…
En el prefacio de esta novela, Patricia, viajera por Burkina Fasso, se tropieza en un mercado local —cámara de foto en mano— con dos niños que le piden limosna a los turistas sosteniendo, a modo de recipiente, una vieja lata de tomate, y Patricia observó, (dice en el prefacio) «en sus ojos una felicidad distinta, venida de la aceptación de una vida en la que las dificultades para sobrevivir eran un componente más de su deseo de armonía con el mundo» Y a mí me pareció muy acertada la descripción que Patricia concluye sobre la mirada de los chicos, y me recordó a lo que le dijo el somalí Hamed a Ryszard Kapuscinski y que éste publicó en su clásico africano “Ébano”: «Nuestra naturaleza es así, me dijo Hamed, no tan siquiera con resignación, sino incluso con un cierto matiz de orgullo. La naturaleza es ese algo a lo que no hay que oponerse, ni intentar mejorarla, ni hacer nada con vistas a independizarnos de ella. La naturaleza nos es dada por Dios y por tanto es perfecta. La sequía, el calor, los pozos vacíos y la muerte en el camino también son perfectos. Sin ellos, el hombre no entendería el goce auténtico de la lluvia, el sabor divino del agua y la dulzura vivificante de la leche. El animal no sabría disfrutar de la hierba jugosa ni embriagarse con el olor de un prado. El hombre no sabría qué es eso de ponerse bajo un chorro de agua fresca y cristalina. Ni siquiera se le ocurriría pensar que eso significa, simplemente, estar en el cielo».
Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente
Hace un tiempo leía un libro imprescindible para aquellos que saben viajar con los ojos abiertos: El niño Fulbé, de Amadou Hampaté Ba, en el que el autor nos cuenta cómo era su vida en el poblado maliense en el que nació y creció durante las primeras décadas del siglo pasado. Tras la lectura yo escribía el siguiente texto:
«Hace unos meses, en un viaje a Bruselas, aproveché una tarde para ir a visitar el Museo Real de África Central de Tervuren, un museo viejo y anticuado que los belgas están intentando modernizar sin mucho éxito. Entre sus atracciones más actuales se exhibía un pequeño video que recreaba el encuentro entre Stanley y Livingstone. Stanley entraba a una aldea africana y era guiado a la cabaña de Livingstone por un revuelo de indígenas semidesnudos, portando lanzas, con el cuerpo pintado, que se agolpaban curiosos, como si fueran una manada de cebras, a contemplar al famoso y narrado encuentro entre los dos exploradores. Pero no fue la célebre frase lo que me llamó la atención, Dr. Livingstone, I presume, sino cual era mi imaginario sobre aquellas poblaciones negras que siempre nos han mostrado las películas en blanco y negro rodadas en África: los negros que se agolpan en manadas en las aldeas de chozas, los negros porteadores en las expediciones de los blancos, los negros que salían tras Tarzán montado en un elefante, esos negros que formaban parte del decorado de las películas como si fueran uno más de los grupos de animales que poblaban la sabana; sin mostrarnos nunca nada sobre ellos mismos, sobre sus pensamientos, su organización social o forma de vida. Ése era el lugar que ocupaban los negros en mi imaginario al ver aquellas películas, un elemento más sobre el paisaje africano como lo podrían ser una manada de cebras o de ñus
Si eliminamos todo lo material, es decir, si eliminamos las armas, las carreteras, los barcos, los coches, la ropa, los cubiertos, el telégrafo; si eliminamos todo eso y queda solamente el ser humano, nos damos cuenta de que esos negros que en las películas nos han mostrado como manadas de ñus no eran tan diferentes a nosotros. Esa es la conclusión que extraigo tras leer la juventud en las primeras décadas del siglo XX de Ahmadou Hampâté Bâ. Sociedades africanas basadas en la familia, con padres, madres, tíos, sobrinos. Niños que iban al colegio, que se levantaban a una hora para llegar puntual a clase, que volvían a casa para comer y regresaban después por la tarde. Niños que pedían permiso a los padres para quedarse a dormir en casa de un amigo, o que se fugaban de clase y se dedicaban a hacer travesuras a escondidas para que no les echaran la bronca. Familias que se reunían a la hora de comer, madres que también daban un grito para decir que la comida estaba lista, padres que enseñaban a los niños los modales en las comidas. Familias que se desplazaban de un sitio a otro por asuntos de trabajo, o por asuntos familiares, que utilizaban el transporte -las piraguas en el Níger- para desplazarse de aquí a allá, sabiendo de donde salían las piraguas, los horarios, los precios. Jóvenes que se organizaban en asociaciones vecinales, que mantenían su rivalidad con asociaciones de otros barrios, que cortejaban a las chicas durante las fiestas … Si quitamos lo material, si quitamos las calles, el alumbrado público, los barcos de vapor, y dejamos sólo al ser humano, resulta que esos negros en manada que nos mostraban las películas no eran tan distintos… Eran simplemente seres humanos al igual que nosotros».
Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente
Y precisamente es eso lo que no cambia: lo que no cambia a pesar del viaje o quizás lo que no cambia gracias el viaje… Y “lo que no cambia” es lo que mejor que nos muestra Cecilia Domínguez Luis, cómo nos recrea Cecilia, con un estilo claro y sencillo, parecido al de Amadou Hampâté Bâ en “El niño Fulbé”, la vida en una aldea africana. Cómo nos acerca Cecilia a la vida rural en África, cómo nos muestra, con respeto y con acierto el día a día, por encima de todo feliz a pesar de la pobreza y de las dificultades, de la aldea, de la familia y de los amigos de su protagonista, Essein.
Essein también tuvo que emigrar, y se marcha hacia Costa de Marfil. Celebro la elección de esta aventura. Hace unos meses los telediarios nos informaban una vez más de las miserias de África (por qué será que nunca nos cuentan las cosas positivas, ¿dar siempre la misma visión parcial de una misma cosa es informar o desinformar?), y en este caso la noticia mostraba las revueltas que se estaban produciendo en ese país a causa de las elecciones presidenciales. Rara vez nos cuentan en estas noticias las verdaderas razones, o quizás sea que rara vez entendemos o tratamos de entender, nosotros espectadores acomodados en el sillón de nuestras casa, las verdaderas razones de esas revueltas, y que en este caso tienen mucho que ver con la historia que nos regala Cecilia Domínguez Luis a través de su protagonista, de su héroe, Essein: la emigración de Burkina Fasso a las plantaciones de cacao de Costa de Marfil, el vecino rico, las tribus procedentes de Burkina yendo a trabajar a donde hay trabajo, asentándose en las tierras marfileñas, y haciendo caso a las declaraciones del entonces Presidente de Costa de Marfil, Houphouëte Boigny, que declaró, públicamente, que la tierra en Costa de Marfil pertenece a las manos de quien la trabaje. Cuando murió Houphouëte Boigny uno de los grandes problemas que se planteó fue ¿de quien era propiedad la tierra?, si de las tribus marfileñas o de las tribus inmigrantes…y he ahí una de las razones de los problemas.
Pero «Los niños de la lata de Tomate» es una novela juvenil, una interesante y acertada novela juvenil, y no entra directamente en estas cuestiones económicas, sociales y políticas, más propias de un público adulto. Pero indirectamente, a través de las aventuras de Essein, sí nos introduce en parte de esa historia africana, y por tanto me parece una magnifica manera de dar a conocer algunas realidades de África, desde una novela sencilla, fácil de leer, entretenida e interesante, predispuesta a abrir la mente a un público juvenil a otras realidades que quizás, no nos deberían ser tan ajenas.
Pero también hay mucho más: prácticas ancestrales como la ablación. Las religiones, las creencias en dioses que nosotros desconocemos y no entendemos y también las creencias en un dios cristiano, que quizás no entiendan los otros. La convivencia entre estas religiones, el cristianismo, el islam, el animismo, el animismo islamizado o cristianizado. También la presencia permanente de los ancestros como juez y parte de la propia vida, la magia y los hechiceros en contraposición con la lógica occidental por encima de todo. Las leyendas que cuentan los ancianos en las aldeas africanas (precisamente fue Amadou Hampâté Bâ quien dijo que cuando en África se muere un anciano se quema una biblioteca), el colonialismo de los blancos, las antiguas civilizaciones africanas y por tanto apuntes de una historia que nunca hemos aprendido. La armonía con la naturaleza, el respeto por los animales y las plantas como elementos integrantes de la vida diaria en las aldeas. Un río que las atraviesa y que se desliza como si fuera aceite, lento, sin rumor ninguno. El respeto por los mayores, la obligación de los niños por el cuidado de sus hermanos, familiares o amigos más pequeños. La educación de la mujer, los matrimonios de conveniencia. El sentido de la hospitalidad africana hacia el extranjero. En fin, tantas cosas interesantes que hacen de esta novela un atractivo para que sus lectores pueda introducirse en la realidad africana, en una realidad africana que desconocemos, en una realidad africana rica y diversa, moderna y tradicional, coherente y contradictoria.
Pero lo que más me ha gustado es el punto de vista que elige Cecilia Domínguez Luis, el narrador, alguien que conoce a Patricia, la turista fotógrafa que un día le enseña las fotos de dos niños pidiendo limosna con una lata de tomate en un mercado de Burkina Faso. Y, el o la narradora, una persona que deja volar la imaginación, e imagina… Imagina la vida de esos dos chicos, y nos las narra con un profundo respeto, mostrándonos la vida en las aldeas africanas sin vencedores ni vencidos, sin buenos ni malos, sin positivos ni negativos, sin juicios sobre lo que es cierto o equivocado. La narradora nos narra con objetividad y respeto, con humanidad y tolerancia, y nos abre las puertas, como lo hace Ahmadou Hampâté Bâ, a la magia de la literatura como forma de conocernos.



















