«Porque después del paso de Johnny por el saxo alto no se puede seguir oyendo a los músicos anteriores y creer que son el non plus ultra; hay que conformarse con aplicar esa especie de resignación disfrazada que se llama sentido histórico, y decir que cualquiera de esos músicos ha sido estupendo y lo sigue siendo en-su-momento. Johnny ha pasado por el jazz como una mano que da vuelta a la hoja, y se acabó» (El Perseguidor, Julio Cortázar)

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia todo cambia

Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente

Esta es la canción que me vino a la mente cuando estaba acabando de leer “Los niños de lata de Tomate” de Cecilia Domínguez Luis. Y no tanto por el cambio que pueda conocer el protagonista de la novela, que, después de todo, realiza un viaje y como todo aquel que realiza un viaje —o al menos, como todo aquel que realiza un viaje con los ojos abiertos—, sufre un cambio. Pero como digo, esta canción me vino a la mente no tanto por el cambio, sino por lo que no cambia: por lo que no cambia a pesar del viaje o quizás por lo que no cambia gracias el viaje…

En el prefacio de esta novela, Patricia, viajera por Burkina Fasso, se tropieza en un mercado local —cámara de foto en mano— con dos niños que le piden limosna a los turistas sosteniendo, a modo de recipiente, una vieja lata de tomate, y Patricia observó, (dice en el prefacio) «en sus ojos una felicidad distinta, venida de la aceptación de una vida en la que las dificultades para sobrevivir eran un componente más de su deseo de armonía con el mundo» Y a mí me pareció muy acertada la descripción que Patricia concluye sobre la mirada de los chicos, y me recordó a lo que le dijo el somalí Hamed a Ryszard Kapuscinski y que éste publicó en su clásico africano “Ébano”: «Nuestra naturaleza es así, me dijo Hamed, no tan siquiera con resignación, sino incluso con un cierto matiz de orgullo. La naturaleza es ese algo a lo que no hay que oponerse, ni intentar mejorarla, ni hacer nada con vistas a independizarnos de ella. La naturaleza nos es dada por Dios y por tanto es perfecta. La sequía, el calor, los pozos vacíos y la muerte en el camino también son perfectos. Sin ellos, el hombre no entendería el goce auténtico de la lluvia, el sabor divino del agua y la dulzura vivificante de la leche. El animal no sabría disfrutar de la hierba jugosa ni embriagarse con el olor de un prado. El hombre no sabría qué es eso de ponerse bajo un chorro de agua fresca y cristalina. Ni siquiera se le ocurriría pensar que eso significa, simplemente, estar en el cielo».

Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente

Hace un tiempo leía un libro imprescindible para aquellos que saben viajar con los ojos abiertos: El niño Fulbé, de Amadou Hampaté Ba, en el que el autor nos cuenta cómo era su vida en el poblado maliense en el que nació y creció durante las primeras décadas del siglo pasado. Tras la lectura yo escribía el siguiente texto:

«Hace unos meses, en un viaje a Bruselas, aproveché una tarde para ir a visitar el Museo Real de África Central de Tervuren, un museo viejo y anticuado que los belgas están intentando modernizar sin mucho éxito. Entre sus atracciones más actuales se exhibía un pequeño video que recreaba el encuentro entre Stanley y Livingstone. Stanley entraba a una aldea africana y era guiado a la cabaña de Livingstone por un revuelo de indígenas semidesnudos, portando lanzas, con el cuerpo pintado, que se agolpaban curiosos, como si fueran una manada de cebras, a contemplar al famoso y narrado encuentro entre los dos exploradores. Pero no fue la célebre frase lo que me llamó la atención, Dr. Livingstone, I presume, sino cual era mi imaginario sobre aquellas poblaciones negras que siempre nos han mostrado las películas en blanco y negro rodadas en África: los negros que se agolpan en manadas en las aldeas de chozas, los negros porteadores en las expediciones de los blancos, los negros que salían tras Tarzán montado en un elefante, esos negros que formaban parte del decorado de las películas como si fueran uno más de los grupos de animales que poblaban la sabana; sin mostrarnos nunca nada sobre ellos mismos, sobre sus pensamientos, su organización social o forma de vida. Ése era el lugar que ocupaban los negros en mi imaginario al ver aquellas películas, un elemento más sobre el paisaje africano como lo podrían ser una manada de cebras o de ñus

Si eliminamos todo lo material, es decir, si eliminamos las armas, las carreteras, los barcos, los coches, la ropa, los cubiertos, el telégrafo; si eliminamos todo eso y queda solamente el ser humano, nos damos cuenta de que esos negros que en las películas nos han mostrado como manadas de ñus no eran tan diferentes a nosotros. Esa es la conclusión que extraigo tras leer la juventud en las primeras décadas del siglo XX de Ahmadou Hampâté Bâ. Sociedades africanas basadas en la familia, con padres, madres, tíos, sobrinos. Niños que iban al colegio, que se levantaban a una hora para llegar puntual a clase, que volvían a casa para comer y regresaban después por la tarde. Niños que pedían permiso a los padres para quedarse a dormir en casa de un amigo, o que se fugaban de clase y se dedicaban a hacer travesuras a escondidas para que no les echaran la bronca. Familias que se reunían a la hora de comer, madres que también daban un grito para decir que la comida estaba lista, padres que enseñaban a los niños los modales en las comidas. Familias que se desplazaban de un sitio a otro por asuntos de trabajo, o por asuntos familiares, que utilizaban el transporte -las piraguas en el Níger- para desplazarse de aquí a allá, sabiendo de donde salían las piraguas, los horarios, los precios. Jóvenes que se organizaban en asociaciones vecinales, que mantenían su rivalidad con asociaciones de otros barrios, que cortejaban a las chicas durante las fiestas … Si quitamos lo material, si quitamos las calles, el alumbrado público, los barcos de vapor, y dejamos sólo al ser humano, resulta que esos negros en manada que nos mostraban las películas no eran tan distintos… Eran simplemente seres humanos al igual que nosotros».

Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente

Y precisamente es eso lo que no cambia: lo que no cambia a pesar del viaje o quizás lo que no cambia gracias el viaje… Y “lo que no cambia” es lo que mejor que nos muestra Cecilia Domínguez Luis, cómo nos recrea Cecilia, con un estilo claro y sencillo, parecido al de Amadou Hampâté Bâ en “El niño Fulbé”, la vida en una aldea africana. Cómo nos acerca Cecilia a la vida rural en África, cómo nos muestra, con respeto y con acierto el día a día, por encima de todo feliz a pesar de la pobreza y de las dificultades, de la aldea, de la familia y de los amigos de su protagonista, Essein.

Essein también tuvo que emigrar, y se marcha hacia Costa de Marfil. Celebro la elección de esta aventura. Hace unos meses los telediarios nos informaban una vez más de las miserias de África (por qué será que nunca nos cuentan las cosas positivas, ¿dar siempre la misma visión parcial de una misma cosa es informar o desinformar?), y en este caso la noticia mostraba las revueltas que se estaban produciendo en ese país a causa de las elecciones presidenciales. Rara vez nos cuentan en estas noticias las verdaderas razones, o quizás sea que rara vez entendemos o tratamos de entender, nosotros espectadores acomodados en el sillón de nuestras casa, las verdaderas razones de esas revueltas, y que en este caso tienen mucho que ver con la historia que nos regala Cecilia Domínguez Luis a través de su protagonista, de su héroe, Essein: la emigración de Burkina Fasso a las plantaciones de cacao de Costa de Marfil, el vecino rico, las tribus procedentes de Burkina yendo a trabajar a donde hay trabajo, asentándose en las tierras marfileñas, y haciendo caso a las declaraciones del entonces Presidente de Costa de Marfil, Houphouëte Boigny, que declaró, públicamente, que la tierra en Costa de Marfil pertenece a las manos de quien la trabaje. Cuando murió Houphouëte Boigny uno de los grandes problemas que se planteó fue ¿de quien era propiedad la tierra?, si de las tribus marfileñas o de las tribus inmigrantes…y he ahí una de las razones de los problemas.

Pero «Los niños de la lata de Tomate» es una novela juvenil, una interesante y acertada novela juvenil, y no entra directamente en estas cuestiones económicas, sociales y políticas, más propias de un público adulto. Pero indirectamente, a través de las aventuras de Essein, sí nos introduce en parte de esa historia africana, y por tanto me parece una magnifica manera de dar a conocer algunas realidades de África, desde una novela sencilla, fácil de leer, entretenida e interesante, predispuesta a abrir la mente a un público juvenil a otras realidades que quizás, no nos deberían ser tan ajenas.

Pero también hay mucho más: prácticas ancestrales como la ablación. Las religiones, las creencias en dioses que nosotros desconocemos y no entendemos y también las creencias en un dios cristiano, que quizás no entiendan los otros. La convivencia entre estas religiones, el cristianismo, el islam, el animismo, el animismo islamizado o cristianizado. También la presencia permanente de los ancestros como juez y parte de la propia vida, la magia y los hechiceros en contraposición con la lógica occidental por encima de todo. Las leyendas que cuentan los ancianos en las aldeas africanas (precisamente fue Amadou Hampâté Bâ quien dijo que cuando en África se muere un anciano se quema una biblioteca), el colonialismo de los blancos, las antiguas civilizaciones africanas y por tanto apuntes de una historia que nunca hemos aprendido. La armonía con la naturaleza, el respeto por los animales y las plantas como elementos integrantes de la vida diaria en las aldeas. Un río que las atraviesa y que se desliza como si fuera aceite, lento, sin rumor ninguno. El respeto por los mayores, la obligación de los niños por el cuidado de sus hermanos, familiares o amigos más pequeños. La educación de la mujer, los matrimonios de conveniencia. El sentido de la hospitalidad africana hacia el extranjero. En fin, tantas cosas interesantes que hacen de esta novela un atractivo para que sus lectores pueda introducirse en la realidad africana, en una realidad africana que desconocemos, en una realidad africana rica y diversa, moderna y tradicional, coherente y contradictoria.

Pero lo que más me ha gustado es el punto de vista que elige Cecilia Domínguez Luis, el narrador, alguien que conoce a Patricia, la turista fotógrafa que un día le enseña las fotos de dos niños pidiendo limosna con una lata de tomate en un mercado de Burkina Faso. Y, el o la narradora, una persona que deja volar la imaginación, e imagina… Imagina la vida de esos dos chicos, y nos las narra con un profundo respeto, mostrándonos la vida en las aldeas africanas sin vencedores ni vencidos, sin buenos ni malos, sin positivos ni negativos, sin juicios sobre lo que es cierto o equivocado. La narradora nos narra con objetividad y respeto, con humanidad y tolerancia, y nos abre las puertas, como lo hace Ahmadou Hampâté Bâ, a la magia de la literatura como forma de conocernos.

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca,
no arriesga vestir un color nuevo
y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú.
Muere lentamente quien evita una pasión,
quien prefiere el negro sobre blanco
y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los
bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el
trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música,
quien no encuentra gracia en si mismo.
Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja
ayudar.
Muere lentamente, quien pasa los días
quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.
Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo,
no preguntando de un asunto que desconoce
o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo
exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.

Pablo Neruda

Ayer fuimos a ver El Futuro, de Miranda July (había bastante gente en el TEA en la sesión de las 19h.), una de esas película atípicas que, cuando se termina y sales del cine, no sabes si te ha acabado de gustar, y empiezas a darle vueltas a qué habrá querido decir con esto, comentado con Amelia delante de unas tapas y una cerveza que qué piensa ella de lo otro, y poco a poco enlazando ideas, lo que tiene de simbolismo, interpretaciones, lo que tiene de poesía…, llegas a casa y vuelves a leer, con desconcierto y curiosidad, la sinopsis y las críticas que puedes coger en un folio a la entrada del TEA, y al día siguiente te viene a la mente una imagen, un comentario, una reacción, un comportamiento, como si todavía estuvieses frente a la pantalla. July y Jason son los protagonistas, tienen 35 años, y les aterra llegar a los cuarenta, viven su vida juntos, pero con una cierta independencia y sin grandes retos. Un día deciden que quieren adoptar un gatito abandonado, y en la residencia de animales les dicen que tienen que esperar un mes hasta llevárselo a su casa, el tiempo que el gato tardará en recuperarse de una pata herida. July y Jason deciden que será su último mes antes de perder la libertad, antes de aceptar mayores compromisos, ambos deciden aprovechar ese último tiempo solos, abandonan sus trabajos y resuelven en ese mes guiarse por lo que surja, por lo que les muestre el destino. Así, mientras Jason  espera que suceda algo cuando va a casa de alguien a comprar no importa el qué de segunda mano por un anuncio que por casualidad se cruza en su camino, July llama por teléfono a un desconocido en la que quizás sea la mejor escena de la película, habla con él, parece que ambos se encuentran en barrios cercanos, quizás en el mismo, ella sale por la ventana a ver si dando un grito él puede escucharla, y July abre la ventana, saca medio cuerpo, y da un grito que es una desesperación, una demanda de auxilio que quizás no pretende que sea escuchado por alguien sino tan sólo por ella misma. Cuando Jason se da cuenta de lo que está pasando, de lo que le está pasando a él, de lo que le está pasando a ella, quiere detener el tiempo, parar el tiempo, que el tiempo no avance, quedarse definitivamente en los treinta y cinco años sin tomar ninguna decisión mientras July grita, grita para escucharse ella misma, o tal vez para que la escuchemos nosotros, sintiéndonos también protagonistas frente a la pantalla de la sala del TEA… Ayer fuimos a ver El Futuro, una película de esas que, cuando se termina y sales del cine, no sabes si te ha acabado de gustar —tu simbolismo, tu poesía—, una película de esas en las que al día siguiente piensas que quizás sean precisamente esas películas las que realmente valgan la pena, la pena…

Me costó sumergirme en el concierto del Cigala, antes retazos de Yukali, el país que alguien soñó, un magnífico solo de guitarra, uno de esos que te ponen los pelos de punta, hasta por fin llegar a «Lágrimas negras», sufro la inmensa pena de tu extravío, siento el dolor profundo de tu partida…,  donde la banda al completo (percusión, caja, piano, guitarra, contrabajo y violín), bordó una interpretación extraordinaria que se mantuvo ya hasta el final; salimos del auditorio con una placentera sensación de paz y de alegría, una especie de plenitud capaz de hacer olvidar cualquier anterior estado de ánimo; ¡ay cultura!

Al día siguiente teníamos entradas para el teatro Guimerá, Antonia San Juan estuvo intermitente, con monólogos más pobretones pero también con otros ingeniosos, en los que nos acercaba a personajes de mujeres —algunas solas, otras maltratadas—, con la habilidad para provocar carcajadas a una parte del público, pero también, reflexión, empatía, un necesario entendimiento de otras realidades, de otras vidas; ¡ay cultura!

Quedamos para recorrer Foto Noviembre en La Laguna, tomarnos una caña entre exposición y exposición, y después cenar rematándolo con unas copas, también habíamos visitado días antes las exposiciones de Santa Cruz, acercarnos en la Recova a la curiosa vestimenta de reivindicativos jóvenes urbanos de Sudáfrica; introducirnos en el Cabrera Pinto en las cocinas de distintas familias europeas y ver sus vestimentas, sus muebles, sus expresiones, su economía, sus comidas; observar en la Casa Lercaro con una especie de sorpresa, tal vez de irrespetuosa burla, la decoración barroca de las casas de algunas familias de Rumania, introducirnos en el Ateneo en la preciosa expresión ensimismada de una chica sentada en una silla. No fue la mejor de las Foto Noviembre, pero su visita nos hizo volver a recordar algo que olvidamos a menudo, que el mundo es mucho más amplio que los límites de estas islas; ¡ay cultura!  

Eso mismo también lo pudimos comprobar en la presentación del libro de Paloma López Reillo, «Jóvenes de África reinventando su vida» en donde la autora cuenta la experiencia de un grupo de menores inmigrantes que una vez cumplida la mayoría de edad tienen que hacer precisamente lo que dice el título, reinventarse su vida, como si fuesen un lienzo en blanco que ellos mismos tuviesen que dibujar. La cena posterior en la calle de la Noria hablando con los chicos fue una lección de superación, de otras realidades y necesidades, de optimismo; ¡ay cultura! 

Ya no nos gusta ir al cine doblado, y afortunadamente el soplo de aire fresco que es el TEA proyecta todos los fines de semana películas en versión original, «Black Heaven» fuimos a ver el sábado, un trepidante thriller francés en el que se combina la vida real con la vida virtual, una virtualidad quizás tan necesaria en la que podemos jugar a ser otras personas, a sentirnos otros; ¡ay cultura!  

Y acabamos el domingo en el Teatro Victoria, un curioso teatrito que gracias a su adhesión a una red nacional de teatros  nos permite ser espectadores en primera línea de propuestas sugerentes; esta vez programaban «El teatro no es el territorio», una obra densa e interesante (que es necesario ver varias veces) en donde se disertaba, entre otras cosas, sobre la utilidad del teatro, sobre la utilidad de la cultura, sobre la necesidad de la ficción, sobre la necesidad de acudir a ella para explicar la realidad, o de acudir a ella cuando la realidad no es suficiente, cuando en la realidad no encontramos la respuesta a la pregunta, tan humana, de si esto que vivimos es todo, de si no hay nada más que este insuficiente día a día. Durante la obra el actor principal explicaba una visita por una exposición de robots, de cada uno sus movimientos y sus utilidades, a él el que más le gustaba era uno que estaba en el suelo e intentaba levantarse y se caía, intentaba levantarse y se caía, intentaba levantarse y se caía…; hay cultura, pero también ¡ay cultura!, cuánto te necesitamos…

Estuve en verano en París y, leyendo Le Monde, guardé este artículo con la intención de traducirlo y publicarlo en este blog (Aviso: el dificilísimo oficio de traductor es para los profesionales, lo traduzco del francés al español en la medida de mis posibilidades, es por ello que algunas frases o párrafos quedan un poco raros o imprecisos).

  

UNA NUEVA PRIMAVERA PARA LA CULTURA

Martine Aubry / Primera secretaria del partido socialista francés, alcaldesa de Lille / Publicado en Le Monde, 27 de julio de 2011

La creación y la cultura no son un lujo en tiempos de crisis, al contrario, ofrecen importantes activos para poder escapar de ella. Un país que debilita la creación, la innovación y la investigación no prepara su futuro. Nuestro país debe ofrecer a cada uno de sus hijos lo mejor de la cultura.

Es por esto por lo que espero para Francia una nueva primavera de la cultura, una ambición generosa y auténtica, como se ha producido con cada alternancia en el poder, en 1936 y en 1981. Es por esto por lo que yo apelo, en este sector como en otros, a la imaginación colectiva. Es por esto por lo que yo deseo que los retos más actuales de la cultura sean presentados en el debate para 2012, y no sean ignorados o víctimas de malas disputas. Esta acción debe encontrar un sentido que sea también un soplo de aire fresco.

Nuestro primer deber será apoyar a la creación. El trabajo de los artistas no está exento de incertidumbre, pero ¿hacía falta que esta última década los condujera a la mayor parte de ellos a la ultra precariedad? Yo propongo multiplicar los espacios flexibles e interactivos, cooperativas artísticas donde los equipos creativos, las asociaciones y la población se encuentren para experimentar y compartir. Donde las culturas del mundo se descubran y se enriquezcan. Al igual que otras ciudades, Lille, con la eclosión de nuestras «casas Folie», somos testigos de esta acción: la cultura nos ha cambiado porque ella nos une.

Invito también a la apertura y a la movilización de las instituciones culturales para ofrecer hospitalidad a jóvenes artistas y a las formas artísticas del mañana. Para encontrarse con el público, la nueva generación dispondrá durante un tiempo del año (del 5% al 10%), de herramientas de difusión y de comunicación de una ópera o de un teatro. También es importante facilitarles el acceso a Europa, fomentando la creación de redes de apoyo a los creadores.

También pienso en la necesidad de consolidar y de hacer más justa la intermittence (la intermittence es un status laboral del artista en Francia -aclaración del pseudotraductor-) que permita a miles de creadores hacer frente a los riesgos de la creación y que ofrezca el tiempo y la libertad para crear.

Nuestro proyecto es el de escapar a la concentración y a la uniformidad. Es el de hacer vivir la cultura en todos los sectores la sociedad. Contemplo el papel del mecenazgo, el cual debe ampliarse y estimularlo a tomar riesgos, y el lugar de las empresas culturales. Si la UE quiere apostar por la creatividad, debe aumentar sus intervenciones, para apoyar y regular la cultura. Pero nuestro país tiene también necesidad de servicios públicos, de ofrecer continuidad en todo el territorio con medios justos, de servicios gratuitos mientras sea posible, como las bibliotecas, las colecciones, y en primer lugar, la enseñanza.

Nosotros combatimos sin descanso las desigualdades y las barreras que separan a los niños y a los adultos de la cultura. El primero de nuestros «grandes trabajos» es la educación artística. Corresponde a la educación nacional asegurar el conocimiento y la práctica de las artes desde la base. Propongo la adaptación de los horarios escolares, en este contexto, se hace posible dedicar el tiempo necesario a descubrir la cultura. A partir de 2012, cada niño podrá visitar dos veces al año un museo, un taller, un concierto, un espectáculo de danza y de teatro.

La política cultural prepara el futuro. La digital es nuestra revolución cultural. Esta revolución no se combate con leyes represivas e ineficaces sino que exige construir nuevas reglas, una intervención política adaptada para hacer emerger los nuevos modelos de producción y de distribución. Modernizar nuestras leyes, sin renunciar a apoyar a los artistas y sus derechos violados por aquellos que se enriquecen con el saqueo de sus creaciones. 

Nosotros debemos asegurar a la vez la financiación sostenible de la creación musical, cinematográfica, así como del libro, garantizando una remuneración equitativa repartida entre los autores y los artistas. Nosotros lo haremos movilizando una parte substancial de la riqueza creada en las redes digitales y por una contribución modesta y tarifaria de cada uno a la creación.

La creación ofrece a cada generación su espejo, también enmarca el camino. Nos corresponde a nosotros construir juntos el patrimonio del mañana. Yo lo compruebo cada año en Avignon, donde se prolonga el teatro popular de Vilar y su idea del arte: una forma de poner en orden o en desorden la naturaleza.

El presupuesto del ministerio de la cultura ha disminuido en diez años, esta realidad no puede ocultar la evidencia: no existen los medios de una ambición. Las colectividades estranguladas por leyes centralizadas deben encontrar márgenes de maniobras. En cinco años, con las nuevas prioridades necesarias que he definido, ponerse al día es posible.

He propuesto un aumento del 30% al 50%, 200 millones de más por año, en los presupuestos estatales. Es una redistribución que podemos asumir, bajo los regalos fiscales que suprimiremos. Un millar de euros, es menos que el coste para el estado de la reciente reforma del impuesto sobre el patrimonio. Este esfuerzo comenzará por la financiación de 10.000 puestos de trabajo, 10.000 jóvenes formados en la mediación cultural. Para servir a estos objetivos, por encima de la resignación dominante, debemos fijar las prioridades de la acción pública. Es la esencia misma de la democracia y de la acción política.  

Artículo original en:   http://www.lemonde.fr/idees/article/2011/07/26/un-nouveau-printemps-pour-la-culture_1552720_3232.html

Hace unos meses asistí a una sesión del taller InTeR-Lab, un laboratorio intercultural de creación y comunicación de ideas, en el que sus directores, Alfonso Delgado y Paloma López Reillo (con el apoyo de Isla Forum del Cabildo de Tenerife) trabajan, con un grupo de jóvenes de África, de América y de Canarias, el diálogo, la integración y la interculturalidad a través de la expresión artística y concretamente a través de la pintura. Estuve con ellos unas horas y tras compartir magnífico almuerzo en el libanés de Santa Cruz de toda la vida, regresé a mi casa con la firme sensación de que ahí se estaba fraguando algo interesante, aunque quizás me pareciera incierto el resultado. No el resultado de la convivencia y del intercambio del que nunca dudé (estos encuentros multiculturales siempre son enriquecedores), sino del resultado de las pinturas: un grupo de jóvenes entre quince y veintidós años que jamás habían cogido un pincel eran enseñados en el arte de mirar, en el arte de comprender, en el arte de reflexionar, en el arte de transmitir sobre un lienzo en blanco.

Y quizás sea precisamente eso lo que estos jóvenes son: un lienzo en blanco; o al menos quieren empezar desde el principio, olvidarse y que se olviden de una vez de ciertas etiquetas, y comenzar  a construir su vida nueva, comenzar a formar parte como cualquier otro de este que es su lugar ahora: su lugar, su ciudad, sus esperanzas, su lienzo en blanco; sumergir el pincel en unos colores que ellos mismos han elegido para deslizarlos sobre la tela como si fuera un camino propio, o un rincón en su memoria, o una proyección de futuro; magenta, rojo inglés, violeta qué más da, una mezcla de  siena, de naranja de oriente, o de cadmio. Asistí con incertidumbre a sus primeros pasos en la pintura y tan sólo unos meses más tarde, en la exposición que se encuentra estos días en el espacio Isla Forum del TEA, descubrí el resultado, el sorprendente resultado, el asombroso resultado: sentirse útil, sentir que aportas, sentir que vives, que estás vivo en unos cuadros muy correctos que podría perfectamente enriquecer las paredes de nuestras casas.

Y los chicos, absolutamente comprometidos con el proyecto, han escrito una canción en la que a modo de rap dicen cosas como estas: es mi dolor expresado en color / intentando escapar de ese dedo acusador / que me señala impidiéndome volar… Y también: que importa si eres blanco, negro, chino o esquimal / sólo importa el corazón / y como tú, y como tú, y como tú, lo tengo igual. El pasado día 7 de octubre fue la inauguración de la exposición de InTer-Lab titulada acertadamente ¿Por qué no?, y la ovación del aforo completo a los muchachos tras la performance que prepararon para ese día fue un paso fundamental para lo más importante, para que Mamadou, Said, Cheikne, Saliou, Willmer, Lua, Lahcen, Jean Marie y Yahya continúen, orgullosos, siendo ellos mismos.

Video de InTeR-Lab: pincha aquí

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