may 222016
 

Estuve por motivos de trabajo la semana pasada en EEUU, el día del regreso, en el taxi que me llevaba al aeropuerto, el conductor se preocupó, amablemente, de entablar conversación conmigo. Me contó que era egipcio, que llevaba 18 años viviendo en EEUU, se interesó por mí, de dónde venía, cuál era mi trabajo, yo también le hice mis preguntas, me dijo que había sido profesor de historia en su país, que era de Alejandría, le pregunté por la nueva biblioteca y me respondió que siempre que regresaba de vacaciones iba a visitarla; me contó historias sobre la presencia musulmana en España en el pasado, enumeró palabras españolas y árabes que eran parecidas, que tenían la misma raíz, me indicó que la autopista que habíamos cogido estaba colapsada y me enseñó en el móvil una ruta alternativa (en color verde frente a la autopista en la que estábamos que aparecía marcada en rojo) y me propuso tomarla para llegar al aeropuerto antes, me aclaró que no me preocupase, que el precio al aeropuerto era una tarifa fija; cuando llegamos tuve una confusión porque no aparecía el logotipo de Iberia por ningún lado y no sabía si me había equivocado de terminal, se ofreció para conducirme a un punto de información, incluso se bajó conmigo para asegurarse de que la información que me daban era correcta (no estábamos equivocados, el vuelo era de AA pese a que yo lo tenía como IB), nos volvimos a subir al coche y me acercó a la puerta más cercana a los mostradores de facturación, me quiso explicar amablemente cómo funcionaba el pago con tarjeta, me dio la factura, me preguntó si estaba correcta y si necesitaba un duplicado, se bajó del taxi y sacó mi equipaje del maletero, me fue dando las piezas una por una: la maleta, la mochila pequeña, el abrigo, me ofreció la mano para despedirse y me dijo mirándome a los ojos con complicidad mientras nos la estrechábamos: me llamo Omar, y soy musulmán, que tenga buen viaje de regreso a casa, amigo.

dic 202015
 

IMG_3576 Martha Zamora es una de las principales especialistas sobre Frida Kahlo, su libro El pincel de la angustia es uno de los libros más completos sobre la pintora mexicana y obra de referencia para cualquier persona interesada en Frida. Recientemente ha publicado En busca de Frida. Martha me acompañó en el lanzamiento de la novela en México y escribió este artículo que reproduzco.

 

Instrucciones para disfrutar Tú eres azul cobalto, de Pablo Martín Carbajal. / Martha Zamora

En mi país, México, existe una campaña intensa para propiciar la lectura en la infancia y ésta se apoya en la participación paterna para leer con los hijos veinte minutos diariamente. Omite, sin embargo, algo muy importante: el placer.

Los mejores lectores somos aquellos que vimos en nuestra familia leer por placer, morirse de risa con Jardiel Poncela o sufrir con Madame Bovary. Los niños tienen que absorber de nosotros aquel enorme orgullo de tener dentro de la mente amigos como El Principito, como Pedro Páramo, como la familia sumida en la selva colombiana que nos regaló García Márquez. Qué haríamos sin ellos!

El libro de Pablo Martín Carbajal se lee con placer, se pasan las hojas rápidamente con curiosidad por saber más y más de la aventura vital de Dori, una mujer que reconoce que tiene todo aquello que su familia y su sociedad califican como positivo y aún así…

Descubre a Frida Kahlo curiosamente en un cuadro donde la artista, famosa por autorretratarse, no aparece: El Suicidio de Dorothy Hale (1939). Poco a poco va conociendo más sobre la vida, la pasión y el dolor de la pintora mexicana al tiempo que se presenta en su vida un personaje enigmático que la atrae al cambio, al dolor y a la pasión.

El autor se documenta para describirnos con detalle a un personaje femenino. La maquila con detenimiento hasta el mínimo detalle: “Plantada frente al espejo, la ampolla de belleza instantánea, el quitaojeras de Chanel, la base de maquillaje de crema, los polvos para matizar la base, la sombras de los ojos blancas para acentuar el brillo, el lápiz kohl más difuminado que el eyeliner…”.

Todo eso es en cuanto al exterior. Pero indaga también en lo más profundo del alma de su personaje femenino con precisión quirúrgica, despiadada. Dori, al ver la calidez espontánea con la que se aproximan a su hijo tanto la abuela como la maestra y el mismo padre, quien parece no tener más defecto que el no darle una vida de vuelcos, de pasión desbordada, ella no está segura ya ni siquiera de tener un amor profundo por su único hijo, y lo confiesa: ”Yo no sé si alguna madre ha llegado alguna vez a sentir algo así, lo pensaba con remordimientos mientras conducía al trabajo después de haber dejado a Juan en la guardería. Desde luego no una madre que tú conocieras, Dori. O quizá sí, pero ninguna se atrevería a confesarlo a alguien, como otros muchos sentimientos, como otras muchas emociones de las que nos podemos sentir más o menos avergonzados y nunca seríamos capaces de compartir”.

Uno de los grandes aciertos del autor es la construcción de la novela en capítulos pequeños que mueven a la curiosidad de leer uno más, nada más uno más, y… me voy a trabajar.

Otro es sin duda la creación de un personaje cuyo perfil queda desdibujado: la tía Mila. Es tanta la curiosidad que despierta en el lector que terminamos por armarle una biografía en nuestra mente: ¿Se habrá acostado con el padre de Dori? ¿Huyó con un hombre casado? Despierta nuestra atención porque Dori atribuye en parte a su recuerdo lejano los experimentos de autodeterminación que emprende como ser capaz de opinar con firmeza, rechazar lo que no le conviene o acudir sola a un concierto o a un restaurante, aunque se apoye en el celular como movimiento de desplazamiento.

En su ilusión de valerse por sí misma, de inspirarse en Frida Kahlo –realmente en la Frida que ella quiere ver- llega a convencerse de que ocupa un lugar en la vida en el que no va a ninguna parte.

Hay un momento en que su amiga Angelina le espeta: “Si tanto conoces a Frida Kahlo a ver si te das cuenta de que ella sólo pintaba cuando no era feliz, sólo se retrataba cuando tenía problemas con su marido, cuando le dolía el cuerpo, cuando todo lo que sentía era malo y horrible. Su pintura provenía del dolor ¿esa es la vida que tú quieres? ¿Sentirte distinta pero tremendamente triste? No sigas por ese camino Dori, tienes un hijo y un marido maravillosos y una vida sin complicaciones”. Pero Dori salta al vacío.

Lo que trae aparejado este salto puede el lector encontrarlo en el delicioso libro de Pablo Martín Carbajal quien ojalá nos entregue otro más, tan disfrutable como éste, sobre la Tía Mila.

 

pincel de la angustia

en busca de frida

 

 

dic 122015
 

portada_un _sudario

  La infancia es la ingenuidad y la vida, la madurez es la muerte; para la que se fabrica un sudario. ¿Qué es lo que muere? ¿Es el hombre o es una etapa en el hombre? Me gustaría pensar que es una etapa del hombre, de un hombre capaz de resucitar. Y la soledad, esa a veces deseada a veces dolorosa soledad, la soledad por no encontrar tu sitio en el mundo. Rafael José Díaz nos regala un libro bellísimo (Un sudario, editorial Pre-textos). ¿Para qué sirve la poesía? se pregunta Santiago Gil en una reseña sobre este mismo título, ¿para qué sirve un orgasmo? respondió una vez José Ovejero a una pregunta similar. Aunque sea un orgasmo con palabras que (a veces) duelan, esa forma de belleza.

 La infancia es la ingenuidad, es la vida, es el niño que se va a bañar a la gruta, donde jadeantes nadaríamos hasta donde los otros niños / para gritarle al techo de la gruta / un revuelo de sílabas / nuestra forma de dar / las gracias desde el fondo / como peces aún vivos. Es el niño que juega con su padre al tenis en la cancha y que cuando sube a la montaña que la bordea no siente vértigo, porque era un niño… Ese niño ingenuo y feliz que no imagina, que no sabe que la noche / cerrará en torno a él / más tarde, sus compuertas.

La madurez es la montaña a la que miró aquel niño, la montaña que escondida / detrás de la primera ya ganada / daría paso a otra más. Una travesía que deja las manos heridas por las zarzas / en el penoso esfuerzo de avanzar. Esa es la madurez hacia la que ha caminado aquel ya no niño, frente al que se ha desplegado siempre un paisaje de aridez, o a veces un paseo arbolado, árboles de invierno, árboles / inmóviles que no parecen vivos: / acompañan los pasos y no ofrecen piedad alguna ni consuelo / y ni siquiera ternura o protección en la intemperie. ¿Quizás por ello sea necesario huir? pero no era fácil / desvestirse a medida que avanzaba / olvidar las palabras de mi lengua / responder a otro nombre / mirar en el espejo un rostro nuevo. No, no era fácil tratar de inventarse sin que irremediablemente se tenga que convivir con una profunda soledad, una soledad dolorosa como si fuera un perro abandonado que al despertar les ladra / a sombras que no sabe / si nacieron de un sueño o de su propio / cuerpo encogido, quejumbroso / mientras se despereza…

¿Es esa soledad producto de una sexualidad insatisfecha, compulsiva, y vacía?, como en ese fantástico y doloroso poema, en el que obligado por el deseo contenido el hombre sale de casa a las deshoras de la noche, a las calles fantasmales… para acabar solo frente al gemido de las olas y perderse en los bosques de luceros, evocando, tal vez, a aquel otro niño que imaginó, aún sin rostro, con el que correr sin parar y descorrer / las cortinas que todo lo ocultaban / la luz, la tierra, el aire, el fuego, el agua, aquello que se deseó mientras se era ingenuo y feliz y sin embargo ahora, ¿caída? ¿Desgaste? ¿Podredumbre? ¿Huída? Y lo único que queda, lo único que permanece, pero ya no sabe ni dónde / es el amor que dio a quien no pudo amarle…

¿Qué será de ti, vida? -se pregunta el hombre- ¿hacia dónde diriges silenciosa tus pasos, si lo sabes, si acaso sabes algo acerca de ti misma? ¡Pero espera!, hay tiempo aún / para que te incorpores. / Podrías, si quisieras, / aprender a volar sobre las aguas…

No sé si, sin utilizar palabras mías, sino las del poeta (mezclando versos de distintos poemas), he contado una historia de final esperanzador (soy novelista, no poeta); pero es esta breve reseña tan sólo una lectura de las muchas lecturas, de las muchas riquezas y de los muchos hallazgos que nos ofrece y nos regala, este hondo, intenso, desgarrador e inquietante poemario, esta forma de belleza.

may 312015
 

image Bellísima. Una novela bellísima. El lápiz del carpintero. No lo que se cuenta sino cómo se cuenta, eso es lo verdaderamente importante, y Manuel Rivas cuenta de una manera extraordinaria, delicada y sensible, magnífica. El doctor Da Barca es un médico republicano encarcelado durante la guerra civil española, un tipo excepcional, lo sabemos porque nos lo narra su carcelero a través de la conversación que mantiene con una prostituta en el prostíbulo para el que trabaja años más tarde, cuando ya ha acabado todo. No sólo es el punto de vista, ese narrador que observa, y es su mirada la que nos cuenta cómo era Da Barca, un narrador a veces omnisciente, a veces en primera persona, a veces otro narrador que no es él; no sólo son los cambios de tiempo, las elipsis, las diferentes voces; no sólo es la técnica literaria depurada y brillante, sino que es, sobre todo y por encima de todo, la delicadeza, la poesía, la sensibilidad, la precisión del detalle, cuando no son necesarios grandes párrafos ni grandes introducciones sino que con narrar un momento concreto basta para entender a la perfección lo que no se dice pero que está ahí, bien armado, bien pensado, bien estructurado, en las entrelineas de la historia -Marisa pensó en la última vez que se habían visto. Ella desangrándose, con las venas abiertas en el baño. Tuvieron que echar la puerta abajo. El abuelo decidió que aquello no había sucedido nunca-. Y si bien los tres personajes principales son magníficos, Da Barca, su mujer Marisa Mallo -cuando es novia y también cuando es anciana, qué gran primer capítulo- y el carcelero Herbal, a mí me han cautivado los otros: Gengis Khan, la bondad o la inocencia de ese gigantón boxeador que llevaba botas abiertas por la punta por donde le asomaban los dedos como raíces de roble. O Pepe Sanchez, el donaire de aquel tipo apuesto que gritaba ¡vamos a tomar el cielo! mientras lo arrastraban por los pasillos de la cárcel para ser fusilado. O la humildad del jardinero Alirio, capaz de provocar la llegada de las estaciones con sus cuidados: su limonero melancólico, su rododentro simpático, la respiración claudicante de su castaño. O la virulencia del abuelo Benito Mallo, vivo todavía en su persona el halcón de sus ojos pero también el resentimiento con el que la mente lúcida se enfrenta a la esclerosis. O el chaval de la estación, o la monja Izarne. Memorables personajes secundarios que otorgan profundidad a toda la trama, la enriquecen, la potencian, y la sitúan a la perfección en aquellos años de la guerra, en aquellas gentes de entonces. El lápiz del carpintero es narrativa, es poesía, es belleza, y por eso me volvió a suceder lo que rara vez me ha sucedido, que nada más terminarla sentí el deseo de empezarla de nuevo, y así hice, para paladearla mejor, y el sabor de cada palabra paladeada fue más intenso si cabe…

 

 

mar 012015
 

imageLas mujeres siempre parten desde una situación de desventaja. Harriet Burden, artista neoyorquina de los años ochenta, de físico y personalidad provocadora, cansada de que su obra fuese ignorada decidió proceder con un experimento: acordó con tres artistas masculinos exponer su obra como si fuera de ellos, los tres expusieron los trabajos de Burden firmados por ellos mismos. Consiguieron un éxito importante, la atención de la crítica. Lo mismo que había pasado desapercibido expuesto por ella resultaba un éxito expuesto por ellos. Espeluznante. Pero uno de los artistas, tras el éxito, lo niega, y entonces empiezan las batallas de los egos. Esta es la historia que nos cuenta la norteamericana Siri Hustvedt en “El mundo deslumbrante”, una novela compleja (que precisa de una atenta lectura debido a su estructura) y que nos muestra la compleja personalidad de Burden, una personalidad descarada, irreverente, desconcertante, pero que aún así no deja de aceptar algunos condicionantes que le impone el hecho de ser mujer, y el sometimiento (consentido y despreciado) a su marido. Ser comprendida tal como era, deseo de venganza contra los idiotas (que son tantos, ¿verdad?), aislamiento intelectual frente a la incomprensión, ello forjaba el carácter de Burden. Muchas mujeres recibieron un merecido reconocimiento sólo cuando ya habían dejado de ser objetos sexuales deseables. Ella quería volar, y respirar fuego. Sólo le importaban los interrogantes, no las certezas. Detestaba la gente que sólo iba al cine para divertirse. Era complicado ser simpático, la simpatía está sobrevalorada y resulta mucho menos atractiva de lo que suele afirmarse. El mundo del arte se rige por nociones subjetivas y estrechas, nadie puede demostrar que una obra es superior a otra. El arte occidental llegó a su fin en el momento en que Warhol creó una obra que no se diferenciaba de los productos del supermercado. La excitación sexual es algo que no se puede controlar, ¿qué pasaría si yo tuviera unos deseos sexuales que me superasen? ¿Cómo me gustaría que me tratasen? ¿Con maldad o con rechazo? ¿Quién querría ser Penélope? ¿Quién querría esperar? Así era Burden, una mujer poliédrica, compleja y fascinante.

feb 222015
 

imageLo que más me ha gustado de Birdman no ha sido la soberbia historia sobre el ego de los actores: lo que fueron, lo que son, lo que les espera. Lo que más me ha gustado de Birdman no han sido las magníficas pinceladas con las que vamos construyendo la relación entre el protagonista, su ex-mujer y su hija, esa historia de cariños y fracasos, de ausencias, culpas y resentimientos . Lo que más me ha gustado de Birdman no ha sido la pletórica actuación de esa hija rebelde, ni sus ojazos azules llenando toda la pantalla. Lo que más me ha gustado de Birdman no ha sido el ácido enfrentamiento entre Hollywood y Brodway, la acertada crítica newyorkina a la banalidad, el espectáculo, el mero entretenimiento. Lo que más me ha gustado de Birdam no ha sido su irrealidad, su surrealismo, esa alegórica manera de narrar que potencia toda la trama. Lo que más me ha gustado de Birdman no ha sido la cámara que persigue a los actores como si fuéramos nosotros mismos los que estuviéramos dentro de la pantalla, ni la percusión de esa sobrecogedora banda sonora que recorre los pasillos, persigue a los protagonistas y obliga a contener la respiración del espectador. Lo que más me ha gustado de Birdman no ha sido esa inigualable tensión carveriana de que en cualquier momento puede pasar algo. Lo que más me ha gustado de Birdman, lo que más me ha gustado, ha sido esa manera de entender la interpretación de Mike Shiner, comprender y asumir que solamente encima del escenario puede desprenderse de todas las máscaras, que no vale sino la pasión llevada hasta límite para llegar a ser uno mismo, para conseguir ser uno mismo. No me extraña que en ese jueguito de verdad o consecuencia siempre eligiera verdad, porque a un tipo como él, la verdad, es lo único que le sirve.

ene 252015
 

imageComo un voyeur que retira un cuadro de la pared para mirar por un agujero oculto, así me siento al leer “El invitado amargo”, en la habitación anexa se encuentran Vicente Molina Foix y Luis Cremades, ambos desenterrando, con una precisión erudita, lo que fue su relación amorosa veinte años atrás. Debido a un hecho azarosos -unos ladrones entraron a robar en su casa dejando las cosas desparramadas por el suelo- Vicente descubre las cartas que le envió Luis durante varias décadas; ya con los años pasados, con el tiempo transcurrido, en ese momento dónde lo que ocurrió ocurrió y por tanto se pueden extraer certeras conclusiones de aquella experiencia, Vicente retoma el contacto con Luis para proponerle escribir una novela sobre lo que fue la relación entre ambos reflejada a través del intercambio epistolar. Luis aceptó el reto, y el resultado, este “Invitado amargo”, es una novela original y brillante escrita a dos voces y a cuatro manos.

Yo asisto como espectador, no puedo dejar de mirar por ese agujero oculto bajo el cuadro, como aquella película de Woody Allen -”Otra mujer”-, en la que un hombre escuchaba a través de la pared las conversaciones de su vecino psicólogo con una paciente, y escuchándolos a ellos también se escuchaba a él mismo. El análisis que realizan Vicente y Luis de aquellos sentimientos convergentes y divergentes -de qué cristalina manera se desnudan- es encomiable y poco usual (me recordaba a la intensidad de “El Alexis o el tratado del inútil combate”, de Marguerite Yourcenar -que de hecho es nombrada en un pasaje del libro-). Ya lo avanza Luis en las primeras páginas: “tengo la costumbre de hablar conmigo, de interpelarme frente al espejo, de decirme a las claras lo que soy y lo que no, de ponerme en mi lugar frente a las fantasías aprendidas en lecturas o conversaciones, es una manera de encarar mi propia imagen para disolver las ilusiones, y sobre todo, los conceptos, las ideas, los prejuicios, como formas más estables, más rígidas y peligrosas que las propias fantasías”. Con ese planteamiento sobre uno mismo sólo podría salir un libro como este.

Vicente tiene 35 años y Luis 19 cuando se conocen e inician esa relación. Vicente es el hombre maduro, cuenta con la ventaja sobre Luis, como él mismo escribe, de sus muchas lecturas (me encanta esa frase, la formación de cada uno en función de lo que ha leído -una imprescindible actitud vital-). Luis, en cambio, presenta más dudas, normal con 19 años, lo que no es normal a esa edad es la precisión de los sentimientos expresados en esas bellísimas y sorprendentes cartas que escribe. Vicente responde con solvencia: “cualquier amor adulto entre seres inteligentes será conflicto y difícil. Toda felicidad es una inocencia. Sé muy bien que sólo escribiendo uno llega a decirse las cosas que, pensadas o dichas, son más fugitivas”.

Ambos son dos hombres de letras, la novela es también un escaparate de lo que fue el mundo de las letras en el Madrid de los años ochenta, y como dos hombres de letras que son, el resultado es la altísima calidad de su literatura: la prosa, el vocabulario rico y preciso, el ritmo de narración, el enfoque escogido de tal manera que cada uno aporta su particular punto de vista sobre hechos comunes. En definitiva, que agradezco a los ladrones que haya cometido aquel robo si ello supuso el inicio de esta novela (¿podemos catalogarla como tal?, ¿crónica, autobiografía?) que me ha encantado, este libro sobre -copiando palabras de Cremades- el sexo y el amor, el deseo y la lealtad, el desahogo y el compromiso.

ene 052015
 

imageMe volvió  a suceder, una magnífica manera de iniciar el año, empezar el día 1 de enero leyendo y devorar una novela hasta acabármela el mismo día, pasando ansioso las últimas páginas en las últimas horas desveladas de la noche. Esta vez fue “La fotografía”, de la escritora inglesa Penélope Lively, una novela que penetra en el alma de sus protagonistas con una maestría exquisita. Ellos son cinco: Kath, Elaine, Glyn, Nick, Oliver y Polly, todos perfectamente retratados, los escuchamos, los sentimos, sus fortalezas y sus debilidades; y un personaje más, efímero pero extraordinario, qué fuerza y qué madurez. La trama es sencilla, en el grupo se ha cometido una infidelidad, y en base a ese hecho, a cómo reacciona cada uno de ellos, se van mostrando los sentimientos de los protagonistas; lo que se dice y lo que no se dice, los silencios, las conversaciones que no precisan ser terminadas, esa manera evocadora de narrar. Lo de menos es lo que ocurra, sea cual sea el desenlace (pese a que ello te mantiene pegado a las páginas y te imposibilita abandonar la novela), lo de más son los sentimientos, cómo van horadando la cotidianidad de los cinco protagonistas. No hay sensiblería, no hay banalidad, sólo están las personas, el balance que cada uno hace de sí mismo,  lo que sabemos de los otros y lo que no sabemos, lo que creemos que son y lo que de verdad son, el papel que han decidido jugar en la vida y el que realmente les gustaría jugar. Se ha cometido una infidelidad, “han arrojado una piedra a la balsa segura e inmutable del pasado y, cuando se aquietan las ondas, nada es igual. Cambian los reflejos, todo se tambalea y salta en pedazos, sin esperanza alguna de recuperación. Lo que antes era una cosa, ahora es otra”. Ese pasaje, rescatado del texto, es esa inesperada y sorprendente fotografía que encuentra Glyn y que, quizás sin pensárselo demasiado (yo no hubiese hecho esa llamada), le conduce a descolgar el teléfono para llamar a alguien…